
Hace poco escribí sobre la industria de la muerte en este artículo. En algún momento menciono cómo la razón de existir del ritual funerario es, pura y exclusivamente, para los que quedan vivos: una forma de procesar el duelo de una manera un poco más llevadera.
El hecho de ir a la tumba de un ser querido a dejar flores es más de lo mismo. Un acto del que el fallecido nunca se va a enterar, pero que ayuda a quienes siguen acá a recordarlo y a lidiar mejor con su ausencia.
Siempre pensé en la futilidad de esa actividad. No hace falta ir a dejar flores al lado de los restos mortales de alguien: en ese lugar físico no hay nada más que materia biológica. Tampoco entiendo el traslado geográfico para “estar cerca”: lo que importa es el recuerdo, que puede invocarse de mil maneras distintas, con un rezo, con la lectura de un poema, compartiendo una anécdota o simplemente pensando en esa persona desde cualquier lugar del globo, incluso desde la comodidad de la propia cama antes de dormir. Pero claro, hay que seguir pagando alquiler en los cementerios, la oficina central de necrópolis tiene una buena cantidad de burócratas que mantener, y no podemos olvidarnos de los vendedores de flores en las afueras del camposanto, que también tienen que hacer unos mangos.
El texto que van a leer a continuación fue escrito por mí el 27 de febrero de 2023 y publicado originalmente en un foro de poker llamado TwoPlusTwo, bajo el título A Eulogy of Sorts.
Habla principalmente sobre Matt Mitra, el primer amigo que me hice cuando llegué a Tailandia, y que falleció tiempo después de dejar el país, un día como hoy, un 30 de diciembre de 2019, en Toronto, producto de una sobredosis.
Revisitar este texto cada cierto tiempo, editarlo, corregirlo, acomodar alguna parte, o como hoy, traducirlo al castellano y compartirlo en este espacio, es mi forma de dejar flores en su tumba.
Me gustaría pensar que recordar su historia y poner sobre la mesa un tema tan jodido como la adicción pueda servir para sembrar conciencia, ayudar a alguien que, al leer esto, logre dimensionar un problema similar propio o de alguien cercano. Pero, en mi experiencia lidiando con adictos, hace falta mucho más que enterarse de un caso trágico para salir de ese lugar.
Sin más preámbulos, dejo el texto traducido. Un abrazo grande a todos los que leen, gracias enormes por haber sido parte de MONDO FANTASMA a lo largo de este 2025, y los mejores deseos para el 2026 entrante. Nos leemos el año próximo.
Chiang Mai, Tailandia – 27 de Febrero de 2023
Mientras empacaba todo lo que me voy a llevar a mi nuevo apartamento, me encontré, bien tapados de polvo en el fondo de un cajón, estos tres clásicos.
Todo el valor que mantienen hoy en día es casi como un meme, o una buena decoración conceptual para colocar junto a los otros libros que me estoy llevando a mi nuevo hogar: una edición de bolsillo de The Jungle Book, un par de libros en español que rescaté del apartamento de mi primo cuando lo ayudé a hacer lo mismo que estoy haciendo yo ahora, El Alquimista de Neruda en tailandés, que se lo regalé a mi ex en su momento pero que abandonó cuando se mudó, y un par más. No, para ser justos, el de Sklansky todavía puede ser relevante al día de hoy.
Me acuerdo vivamente del momento en que estos tres libros me fueron entregados por mi amigo Matt, apenas me senté en la mesa del Mad Bar, donde él ya me esperaba, fumando cigarros y chupando una birra grande del pico, ignorando por completo el vaso que una de las promotoras de Chang Beer había puesto a su lado.
Deslizó una bolsa con los libros a través de la mesa, de la misma forma que alguien deslizaría un maletín lleno de dinero o heroína. Y allí se quedaron hasta que los bajamos a una silla para hacer espacio a los múltiples cadáveres de Chang que estábamos apilando. Medio borracho, me volví a casa un par de horas después para levantarme temprano al día siguiente y grindear, y él se tomó un taxi a Zoe in Yellow para encontrarse con una piba thai del Tinder. Esa fue la última vez que vi a Matt.
Me enteré de su fallecimiento en Phuket, justo al comienzo de la pandemia. De hecho, fue esa noche cuando empezó a regir la medida por la cual los restaurantes no podían servir comida a la gente in situ y solo podían vender para llevar. Estuvimos con mi ex sentados en una mesa de un restaurante italiano en Kata, esperando nuestro pedido, con todas las otras mesas llenas de gente haciendo lo mismo, pero sin comida en ellas. ¿No eran una locura esos tiempos? Se siente como si hubiera sido hace décadas.
—Have you talked with Matt?— me preguntó, y me acordé de que le había escrito un mensaje por Año Nuevo y nunca me respondió. Eso había sido hacía casi tres meses. —I’ll text him when we get back to the hotel.
Unos minutos después, comiendo una pizza margarita fría y una lasaña, me fijé que el mensaje seguía sin abrir, así que le mandé otro y me puse a mirar una peli. Pero algo no se sentía bien, así que empecé a escarbar en Instagram y me enteré de la noticia. Me acuerdo de que grité fuerte. No fue un grito de miedo, pero más cercano a eso que a otra cosa. Porque la gente no grita de tristeza, ¿no? Es el tipo de grito que uno emite cuando se come un bad beat. Mi ex, que estaba en la ducha en ese momento, me preguntó qué había pasado, así que debió haber sido lo suficientemente fuerte. Le fui contando los detalles mientras chateaba con uno de los amigos de Matt, que me iba contando todo. Unos minutos después apagamos las luces y me puse a llorar abrazado a ella, como un bebé, durante unos diez minutos. Después me dormí.
Al día siguiente tuvimos una pelea con mi ex cerca del mediodía, y ahora era ella la que lloraba, por alguna razón que no recuerdo, en un templo entre Phuket Town y Chalong, donde paramos camino al resort en el que nos íbamos a quedar en Rawai. El resto del viaje fue tan agradable como pudo haber sido con ese comienzo. Era mi primera vez quedándome en un resort y lo disfruté mucho. Además, mientras todos mis amigos en Chiang Mai se quejaban de que los gimnasios estaban cerrando por la pandemia, yo entrenaba a diario en el gimnasio privado del resort, sabiendo muy bien que podía ser la última vez, en unos cuantos meses, que iba a poder entrenar de buena manera con toda la locura que estaba sucediendo alrededor del mundo por aquellos días con aquello del nuevo coronavirus.
Cuando aterrizamos en Chiang Mai un domingo a la noche, nos recibió un despliegue militar con trajes de bioseguridad y toda la parafernalia que se puedan imaginar. De veras se sentía como una versión en carne y hueso de 28 Días Después o algo así. Después de eso empezaron los toques de queda y los dos años siguientes pasaron como un torbellino, casi como si no hubiesen ocurrido.
En mi caso, fueron los dos años que solidificaron mi carrera como un regular de MTTs, después de un arranque precario. Pero, para ser justos, siempre me mantuve a flote jugando a las cartas desde que me mudé a Tailandia, unos años antes de todo eso, viviendo de la misma forma que vivo ahora, haciendo las cosas que me gustan. El tema es que, hasta ese período de la pandemia, todo se sentía mucho más inestable, como si pudiera derrumbarse en cualquier momento y mandarme a un trabajo de ocho horas si las cosas se iban al carajo. Pero gracias al dinero y al conocimiento que adquirí durante esos años, ahora mi vida como jugador profesional era una realidad inquebrantable.
Pero sí, como venía diciendo, me pasé toda la pandemia en esta casa. Sentado en el mismo lugar donde estoy sentado ahora, escribiendo estas líneas, en mi oficina del segundo piso, ahora con un aire acondicionado que compré porque se ponía tan caliente durante las horas de la tarde que no podía estar acá sin achicharrarme.
Pensé mucho en Matt durante todo este tiempo y me pregunté qué hubiese pensado sobre todo esto del COVID, cómo se perdió toda esta locura apenas por unos meses. Qué viaje, ¿no? También lo recordé mientras jugaba al fútbol en el callejón al lado de mi casa (en breves, ex casa).
Durante el toque de queda, cuando también cerraron las canchas de fútbol, solía jugar con la pelota todas las tardes contra una pared de ladrillo al final del callejón, para no perder el control, el pase, el cabezazo, etc. Creo que en esa época fue cuando empecé a desarrollar la tendinitis rotuliana en mi rodilla izquierda, de la que todavía sufro. Recuerdo cómo solía saltar para cabecear y caer en ese piso de cemento, y cómo ahí empezó a molestarme la rodilla. Qué locura cómo, en tan solo tres años, pasé de poder hacer eso como si nada a sentir una molestia constante que crece hasta convertirse en dolor puro y duro, sobre todo después de jugar al fútbol. Tremendo cómo envejece la gente. Ahora entiendo por qué los futbolistas se retiran, en promedio, a los 34 o 35 años; antes pensaba que simplemente se aburrían de jugar a ese nivel.
Mierda, me sigo yendo por las ramas. ¡Estábamos hablando de Matt! Y de la casa, sí. A Matt le gustaba ver fútbol y jugar al fútbol, bien raro para un canadiense, ey?
Un recuerdo que tengo de él y del fútbol fue durante la Euro 2016. Su laptop se había roto y estaba esperando para comprar una nueva; no sé ni cómo, pero en ese momento no estaba jugando al poker. Por aquel entonces vivía en Huay Kaew Residence, un edificio de apartamentos ruinoso justo al lado de donde quedaba el arcaico Kad San Kaew Mall. Ahí podías alquilar un apartamento por unos ฿3.500, y la ubicación era óptima, bien en el corazón de la ciudad.
Allá fui con mi ex a llevarle algo, no recuerdo qué (porro, seguramente). Tocamos timbre y abrió la puerta con una botella de Leo chica en la mano, viéndose como la mierda: súper blanco, más flaco que nunca, y caminando despacio y con dificultad. Entramos y el estudio estaba hecho un desastre, bien como una trap house: botellas de birra vacías por todos lados, restos de comida en el piso y tachos de basura desbordados. Y lo peor de todo era que la cama se había roto, así que estaba durmiendo en el colchón tirado en el piso, con los pedazos de la cama apilados irregularmente contra la pared. Había una tele de esas viejas, cuadradas y chiquitas, prendida y sintonizada en un canal thai. ‘What you been up to?’ ‘Not much. Drink and watching soccer’, me dijo, apuntando a la tele mientras prendía un cigarrillo. ‘Wanna stay? There’s a game later’. ‘Nah, gotta wake up early tomorrow and grind. What happened with the laptop?’ ‘I’m trying to get a loan. Let’s see’.
Por aquel entonces yo estaba bastante mal económicamente, un poco menos que él, pero aguantando los pedazos de mejor manera.
Otra vez, unos meses después, fue la primera vez que se presentó a uno de los fútbol que jugábamos por aquel entonces. Me escribió justo cuando estaba por salir para la cancha para ver en qué andaba, y cuando le dije que iba al fútbol se tomó un taxi y vino a vernos jugar. Llegó casi al final del partido y en un estado terrible. Junto con un amigo de Argentina que también lo conocía, y éramos todos del mismo grupo, junto a nuestras novias por aquel entonces y otros chicos, nos quedamos un rato después del juego haciendo unos pases con él, ya que había ido hasta allá. Apenas se podía mover y se cayó un par de veces corriendo a buscar la pelota mientras aguantaba una botella de birra en la mano.
Había un partido que quería ver en la tele esa noche, a las dos de la mañana, y cuando se lo dije me preguntó si podía venir a verlo conmigo. Así que volvimos para mi apartamento, justo al lado del Jed Yod Plaza, compramos un pack de Leo y algo para comer, y subimos a matar tiempo hasta que arrancara el juego. Apenas entramos al estudio chiquitito en el que vivía, y por el que pagaba ฿7.500 al mes, vio un montón de pastillas que me habían dado en la farmacia para una infección de garganta que había tenido hacía poco y se abalanzó sobre ellas, buscando algún nombre familiar, algo que pegara.
Decepcionado al no encontrar nada, se dio vuelta y me miró con un brillo de esperanza en los ojos: ‘Didn’t you have modafinil?’ ‘Yeah but it ran out and I haven’t ordered yet’. ‘Ah, shit. Let me know when you order and I’ll get some too. Or order some pills for me and I’ll get you when I get back to the grind’. Yeah, sure’. Nos tomamos las birras y él se fue a su apartamento en el entretiempo del partido.
Último recuerdo de Matt y del fútbol, porque tengo que seguir empacando todo lo que me voy a llevar al apartamento nuevo (¡es increíble la cantidad de mierda que uno acumula con el paso del tiempo!).
En 2018 había solo un grupo de farangs que jugaban fútbol amistoso los martes y los jueves. Pero algunos latinos y yo queríamos jugar los viernes, así que organizamos una vez un encuentro en la misma cancha donde jugábamos normalmente. Faltaba poco y parecía que no llegábamos a la cantidad de jugadores necesarios, así que, en un intento desesperado por juntar gente, escribí en el grupo de Poker Chiang Mai y, para mi sorpresa, recluté a los últimos dos. Uno de ellos era Matt.
Asustado de que se apareciera en un estado similar al de la última vez que fue a esa misma cancha, pero sin otra alternativa que correr el riesgo porque no teníamos gente suficiente, fuimos para CM United y jugamos un lindo entreverado por un par de horas. Matt estaba sobrio e hizo un papel más que decente como defensa, rápido para llegar a la pelota y nada mal a la hora de distribuirla, respondiendo muy bien en el juego aéreo gracias a sus casi dos metros de estatura. Estaba usando una media coleta a lo Harry Kewell y, con mi amigo argentino, estuvimos de acuerdo en que se lo veía muchísimo mejor. Era terriblemente fachero, Matt; un imán para todo tipo de chicas. Salir con él era siempre un disfrute. Después del partido, algunos de los que jugamos fuimos a tomar unas birras a un bar justo enfrente de la cancha, uno de esos donde las mozas son chicas thai estilo promotora, todas hermosas.
Después de un par de rondas, uno de los pibes preguntó si alguno estaba para seguirla en algún otro bar y, para mi sorpresa, Matt dijo que no, que tenía que levantarse temprano a jugar al poker. En ese momento estaba viviendo en un apartamento barato cerca de la Payap University, que su novia thai alquilaba bajo su nombre, porque ya llevaba casi dos años de overstay y no quería arriesgarse a firmar nada por miedo a que lo agarraran los de inmigración. Nos despedimos y un pibe de Papua Nueva Guinea, que jugó al fútbol solo aquella noche y que nunca más volví a ver, lo llevó en su moto hasta el apartamento. Creo que esa fue la única persona de Papua Nueva Guinea que conocí en toda mi vida.
Esa noche en el Mad Bar, cuando Matt me dio los libros y que abrió este escrito, fue un par de meses después de ese fútbol. Estuvimos en contacto todo el tiempo hasta diciembre de 2019, cuando murió. La noche del 30, de hecho. Así fue como sus amigos en Canadá se enteraron: había arreglado para salir con ellos por Año Nuevo, pero nunca apareció, así que dieron aviso a la policía, que entró a su apartamento y lo encontró sin vida en su cama.
Por lo que hablábamos, parecía que le estaba yendo bien. Vivía en un apartamento que le alquilaba la hermana, según entendí, hasta que él pudiera hacer funcionar esto del poker de una vez por todas. Me decía que quería volver a Tailandia terriblemente, pero que lo habían puesto en la lista negra por cinco años por culpa del overstay. Estaba intentando sacar un pasaporte rumano, ya que sus padres eran de allá, aunque no estaba seguro de si eso le iba a servir para entrar. Hablábamos de encontrarnos en algún lugar del mundo, capaz que para una WSOP o en Filipinas, un lugar al que decía que siempre había querido ir, ya que su primera novia era de ahí, así como también su última novia en Chiang Mai.
No estoy del todo seguro de cuál es el punto de este escrito. Supongo que una especie de panegírico. Para Matt. Y para la casa que estoy dejando, donde me mudé con mi ex allá por 2018.
Estaba completamente vacía y llena de polvo, casi como está ahora que me estoy por ir, y como posiblemente se mantenga en el futuro cercano, igual que las otras cuatro casas idénticas a esta en el callejón, que desde hace ya bastante tiempo están vacías y pertenecen todas a la misma dueña, una señora rica que vive en Bangkok. Seguramente está re quemada de tener que alquilar estas casas horribles acá en el norte, sin cisterna (sí, usé el sistema thai de cisterna con balde todos estos años) y por ฿6.000 cada una. ฿6.000 que, dicho sea de paso, al principio pagábamos a medias con mi ex, porque no me podía permitir pagar todo yo solo.
Antes de comprar todos los muebles y cosas que le pusimos con mi ex, invité a Matt para que conociera el lugar y para ponernos al día. Yo recién había vuelto de un viaje de unos meses a Uruguay y hacía tiempo que no nos veíamos. Nos tomamos un pack de Leo en el balcón de afuera y eso lo convirtió en la primera persona en entrar a esta casa, aparte de mi ex y yo.
Así que ahora estoy empacando todo lo que me quiero llevar al apartamento nuevo. El camión de mudanzas viene mañana a las 9.30 am. Lo contraté más que nada para llevar mi standing desk. Lo intenté vender porque no lo uso mucho y mi nuevo apartamento tiene un tremendo set up, ya que un amigo vivía ahí, pero no hubo compradores y me alegro de habérmelo quedado. Estar sentado es el nuevo fumar, gente, no se olviden.
Ah, ahora sí me acuerdo por qué vine a escribir esto. Fue porque encontré esos libros y pensé que tenía que compartir esa foto con alguien, con mis colegas jugadores de poker. Y también porque encontrar esos libros trajo el recuerdo de esa noche en que Matt me los entregó en Mad Bar, justo donde empezó este post.
Pero, para ser 100% honesto, me acuerdo exactamente por qué vine a escribir esto a mi oficina, ahora con las paredes desnudas, sin nada en ellas, como en algún tiempo estuvo la tabla de MDF que miraba cada tanto cuando tenía una decisión de river mientras jugaba, o el mapa de rutas de Uruguay, o la bandera de Angola que me regaló mi ex suegro.
Vine a escribir esto porque, al ver esos libros, me desarmé y me puse a llorar como hacía tiempo no lo hacía. Capaz que desde que me enteré de que Matt se había muerto. Y no pude parar por un buen rato. Así que vine a mi oficina y me puse a escribir esto, a ver si ayudaba. Y escribí todo esto que acaban de leer, empezando por esa noche en Mad Bar, y no lloré ni un poco; pero ahora que estamos llegando al final me rompí de nuevo, así que no sé si funcionó.
No, para ser honestos, creo que sí. Al menos ahora hay más gente del otro lado que conoce un poco a este pibe, Matt, a quien conocí gracias a TwoPlusTwo y que se convirtió en mi primer amigo acá en Chiang Mai. Nos vimos por primera vez el día que llegué a la ciudad, en diciembre de 2015, en la entrada de The Spicy. Estaba cerrado porque era temprano, tipo 8 pm, pero me dijo de encontrarnos ahí ya que era fácil de llegar y quedaba cerca del hostel donde me estaba quedando. Me llevó a Zoe in Yellow para comer algo y charlar, y después de un par de birras fuimos a la parte del baile, donde nos encontramos con la primera novia de Matt en Chiang Mai y con mi primer ‘น้อง’ (‘hermana pequeña’), que me ayudó mucho a instalarme en la ciudad en su momento.

¡Esos eran los días! Recién llegado a la tierra de las sonrisas, manejando una scooter sin casco por la autopista y sonriendo. Miren esa terrible sonrisa, me veo increíblemente feliz, ¿no? No me malinterpreten, estos días no están nada mal tampoco. Pero vieron cómo es: todo tiempo pasado fue mejor, o al menos así se siente. Pero, de nuevo, no me quejo. Tengo más plata ahora y me estoy mudando a un apartamento nuevo, con una linda oficina, un sofá grande y una cisterna de verdad, para no tener que tirarle más agua de un balde a la caca para que se vaya. Y estoy en un gran estado de forma, jugando al fútbol mejor que nunca y con un físico mucho mejor. Y en el poker también me va ok. Bueno, mejor que ok si uno lo ve objetivamente, pero siempre quiero más.
Más duro, mejor, más rápido, más fuerte. Siempre laburando, siempre empujando hasta que la máquina se destruya y se caiga a pedazos, y ahí sí poder descansar en paz, o en pedazos. Esa es la única forma para mí. Jugar al fútbol hasta que las rodillas se me destrocen, entrenar hasta que se me desgarre cada músculo, estudiar poker hasta que los bots comanden todas las mesas virtuales y los androides todos los poker rooms del planeta, o hasta que sienta que ya tuve suficiente. Y después hacer lo siguiente hasta que me destruya en esa nueva misión, o me rompa en pedacitos, o lo que sea.
Algo así como lo que hizo Matt, pero de otra manera. Él se inmoló, dándolo todo, en la búsqueda de esos placeres inmediatos, hedonistas. Siempre pienso que vivió dos o tres vidas en tan solo 24 años, y que hizo lo que muchos desearíamos hacer sin remordimiento: coger un montón, tomar birra hasta caerse del pedo solo porque sí, y consumir cada droga que se te ponga enfrente sin pensar en las consecuencias.
Respeto eso muchísimo. Es el último fuck you a todo y, como cyberpunk autodeclarado, eso me encanta. También creo que glorificar un poco su vida (y su muerte) me ayuda a construir esta imagen de él en mi cabeza, más como un outsider, una especie de rockstar, en vez de un chico enfermo que perdió en el juego de la vida, y eso me ayuda a lidiar con su muerte un poco mejor.
Pero esto se alargó un montón y todavía tengo que empacar muchas cosas, así que mejor la seguimos otro día. ¡Gracias por leer si llegaste hasta acá!









