• Sobre Matt

    Matt en la ‘catarata secreta’, Chiang Mai, Diciembre 2016

    Hace poco escribí sobre la industria de la muerte en este artículo. En algún momento menciono cómo la razón de existir del ritual funerario es, pura y exclusivamente, para los que quedan vivos: una forma de procesar el duelo de una manera un poco más llevadera.

    El hecho de ir a la tumba de un ser querido a dejar flores es más de lo mismo. Un acto del que el fallecido nunca se va a enterar, pero que ayuda a quienes siguen acá a recordarlo y a lidiar mejor con su ausencia.

    Siempre pensé en la futilidad de esa actividad. No hace falta ir a dejar flores al lado de los restos mortales de alguien: en ese lugar físico no hay nada más que materia biológica. Tampoco entiendo el traslado geográfico para “estar cerca”: lo que importa es el recuerdo, que puede invocarse de mil maneras distintas, con un rezo, con la lectura de un poema, compartiendo una anécdota o simplemente pensando en esa persona desde cualquier lugar del globo, incluso desde la comodidad de la propia cama antes de dormir. Pero claro, hay que seguir pagando alquiler en los cementerios, la oficina central de necrópolis tiene una buena cantidad de burócratas que mantener, y no podemos olvidarnos de los vendedores de flores en las afueras del camposanto, que también tienen que hacer unos mangos.

    El texto que van a leer a continuación fue escrito por mí el 27 de febrero de 2023 y publicado originalmente en un foro de poker llamado TwoPlusTwo, bajo el título A Eulogy of Sorts.

    Habla principalmente sobre Matt Mitra, el primer amigo que me hice cuando llegué a Tailandia, y que falleció tiempo después de dejar el país, un día como hoy, un 30 de diciembre de 2019, en Toronto, producto de una sobredosis.

    Revisitar este texto cada cierto tiempo, editarlo, corregirlo, acomodar alguna parte, o como hoy, traducirlo al castellano y compartirlo en este espacio, es mi forma de dejar flores en su tumba.

    Me gustaría pensar que recordar su historia y poner sobre la mesa un tema tan jodido como la adicción pueda servir para sembrar conciencia, ayudar a alguien que, al leer esto, logre dimensionar un problema similar propio o de alguien cercano. Pero, en mi experiencia lidiando con adictos, hace falta mucho más que enterarse de un caso trágico para salir de ese lugar.

    Sin más preámbulos, dejo el texto traducido. Un abrazo grande a todos los que leen, gracias enormes por haber sido parte de MONDO FANTASMA a lo largo de este 2025, y los mejores deseos para el 2026 entrante. Nos leemos el año próximo.


    Chiang Mai, Tailandia – 27 de Febrero de 2023

    Mientras empacaba todo lo que me voy a llevar a mi nuevo apartamento, me encontré, bien tapados de polvo en el fondo de un cajón, estos tres clásicos.

    Todo el valor que mantienen hoy en día es casi como un meme, o una buena decoración conceptual para colocar junto a los otros libros que me estoy llevando a mi nuevo hogar: una edición de bolsillo de The Jungle Book, un par de libros en español que rescaté del apartamento de mi primo cuando lo ayudé a hacer lo mismo que estoy haciendo yo ahora, El Alquimista de Neruda en tailandés, que se lo regalé a mi ex en su momento pero que abandonó cuando se mudó, y un par más. No, para ser justos, el de Sklansky todavía puede ser relevante al día de hoy.

    Me acuerdo vivamente del momento en que estos tres libros me fueron entregados por mi amigo Matt, apenas me senté en la mesa del Mad Bar, donde él ya me esperaba, fumando cigarros y chupando una birra grande del pico, ignorando por completo el vaso que una de las promotoras de Chang Beer había puesto a su lado.

    Deslizó una bolsa con los libros a través de la mesa, de la misma forma que alguien deslizaría un maletín lleno de dinero o heroína. Y allí se quedaron hasta que los bajamos a una silla para hacer espacio a los múltiples cadáveres de Chang que estábamos apilando. Medio borracho, me volví a casa un par de horas después para levantarme temprano al día siguiente y grindear, y él se tomó un taxi a Zoe in Yellow para encontrarse con una piba thai del Tinder. Esa fue la última vez que vi a Matt.

    Me enteré de su fallecimiento en Phuket, justo al comienzo de la pandemia. De hecho, fue esa noche cuando empezó a regir la medida por la cual los restaurantes no podían servir comida a la gente in situ y solo podían vender para llevar. Estuvimos con mi ex sentados en una mesa de un restaurante italiano en Kata, esperando nuestro pedido, con todas las otras mesas llenas de gente haciendo lo mismo, pero sin comida en ellas. ¿No eran una locura esos tiempos? Se siente como si hubiera sido hace décadas.

    Have you talked with Matt?— me preguntó, y me acordé de que le había escrito un mensaje por Año Nuevo y nunca me respondió. Eso había sido hacía casi tres meses. —I’ll text him when we get back to the hotel.

    Unos minutos después, comiendo una pizza margarita fría y una lasaña, me fijé que el mensaje seguía sin abrir, así que le mandé otro y me puse a mirar una peli. Pero algo no se sentía bien, así que empecé a escarbar en Instagram y me enteré de la noticia. Me acuerdo de que grité fuerte. No fue un grito de miedo, pero más cercano a eso que a otra cosa. Porque la gente no grita de tristeza, ¿no? Es el tipo de grito que uno emite cuando se come un bad beat. Mi ex, que estaba en la ducha en ese momento, me preguntó qué había pasado, así que debió haber sido lo suficientemente fuerte. Le fui contando los detalles mientras chateaba con uno de los amigos de Matt, que me iba contando todo. Unos minutos después apagamos las luces y me puse a llorar abrazado a ella, como un bebé, durante unos diez minutos. Después me dormí.

    Al día siguiente tuvimos una pelea con mi ex cerca del mediodía, y ahora era ella la que lloraba, por alguna razón que no recuerdo, en un templo entre Phuket Town y Chalong, donde paramos camino al resort en el que nos íbamos a quedar en Rawai. El resto del viaje fue tan agradable como pudo haber sido con ese comienzo. Era mi primera vez quedándome en un resort y lo disfruté mucho. Además, mientras todos mis amigos en Chiang Mai se quejaban de que los gimnasios estaban cerrando por la pandemia, yo entrenaba a diario en el gimnasio privado del resort, sabiendo muy bien que podía ser la última vez, en unos cuantos meses, que iba a poder entrenar de buena manera con toda la locura que estaba sucediendo alrededor del mundo por aquellos días con aquello del nuevo coronavirus.

    Cuando aterrizamos en Chiang Mai un domingo a la noche, nos recibió un despliegue militar con trajes de bioseguridad y toda la parafernalia que se puedan imaginar. De veras se sentía como una versión en carne y hueso de 28 Días Después o algo así. Después de eso empezaron los toques de queda y los dos años siguientes pasaron como un torbellino, casi como si no hubiesen ocurrido.

    En mi caso, fueron los dos años que solidificaron mi carrera como un regular de MTTs, después de un arranque precario. Pero, para ser justos, siempre me mantuve a flote jugando a las cartas desde que me mudé a Tailandia, unos años antes de todo eso, viviendo de la misma forma que vivo ahora, haciendo las cosas que me gustan. El tema es que, hasta ese período de la pandemia, todo se sentía mucho más inestable, como si pudiera derrumbarse en cualquier momento y mandarme a un trabajo de ocho horas si las cosas se iban al carajo. Pero gracias al dinero y al conocimiento que adquirí durante esos años, ahora mi vida como jugador profesional era una realidad inquebrantable.

    Pero sí, como venía diciendo, me pasé toda la pandemia en esta casa. Sentado en el mismo lugar donde estoy sentado ahora, escribiendo estas líneas, en mi oficina del segundo piso, ahora con un aire acondicionado que compré porque se ponía tan caliente durante las horas de la tarde que no podía estar acá sin achicharrarme.

    Pensé mucho en Matt durante todo este tiempo y me pregunté qué hubiese pensado sobre todo esto del COVID, cómo se perdió toda esta locura apenas por unos meses. Qué viaje, ¿no? También lo recordé mientras jugaba al fútbol en el callejón al lado de mi casa (en breves, ex casa).

    Durante el toque de queda, cuando también cerraron las canchas de fútbol, solía jugar con la pelota todas las tardes contra una pared de ladrillo al final del callejón, para no perder el control, el pase, el cabezazo, etc. Creo que en esa época fue cuando empecé a desarrollar la tendinitis rotuliana en mi rodilla izquierda, de la que todavía sufro. Recuerdo cómo solía saltar para cabecear y caer en ese piso de cemento, y cómo ahí empezó a molestarme la rodilla. Qué locura cómo, en tan solo tres años, pasé de poder hacer eso como si nada a sentir una molestia constante que crece hasta convertirse en dolor puro y duro, sobre todo después de jugar al fútbol. Tremendo cómo envejece la gente. Ahora entiendo por qué los futbolistas se retiran, en promedio, a los 34 o 35 años; antes pensaba que simplemente se aburrían de jugar a ese nivel.

    Mierda, me sigo yendo por las ramas. ¡Estábamos hablando de Matt! Y de la casa, sí. A Matt le gustaba ver fútbol y jugar al fútbol, bien raro para un canadiense, ey?

    Un recuerdo que tengo de él y del fútbol fue durante la Euro 2016. Su laptop se había roto y estaba esperando para comprar una nueva; no sé ni cómo, pero en ese momento no estaba jugando al poker. Por aquel entonces vivía en Huay Kaew Residence, un edificio de apartamentos ruinoso justo al lado de donde quedaba el arcaico Kad San Kaew Mall. Ahí podías alquilar un apartamento por unos ฿3.500, y la ubicación era óptima, bien en el corazón de la ciudad.

    Allá fui con mi ex a llevarle algo, no recuerdo qué (porro, seguramente). Tocamos timbre y abrió la puerta con una botella de Leo chica en la mano, viéndose como la mierda: súper blanco, más flaco que nunca, y caminando despacio y con dificultad. Entramos y el estudio estaba hecho un desastre, bien como una trap house: botellas de birra vacías por todos lados, restos de comida en el piso y tachos de basura desbordados. Y lo peor de todo era que la cama se había roto, así que estaba durmiendo en el colchón tirado en el piso, con los pedazos de la cama apilados irregularmente contra la pared. Había una tele de esas viejas, cuadradas y chiquitas, prendida y sintonizada en un canal thai. ‘What you been up to?’ ‘Not much. Drink and watching soccer’, me dijo, apuntando a la tele mientras prendía un cigarrillo. ‘Wanna stay? There’s a game later’. ‘Nah, gotta wake up early tomorrow and grind. What happened with the laptop?’ ‘I’m trying to get a loan. Let’s see’.

    Por aquel entonces yo estaba bastante mal económicamente, un poco menos que él, pero aguantando los pedazos de mejor manera.

    Otra vez, unos meses después, fue la primera vez que se presentó a uno de los fútbol que jugábamos por aquel entonces. Me escribió justo cuando estaba por salir para la cancha para ver en qué andaba, y cuando le dije que iba al fútbol se tomó un taxi y vino a vernos jugar. Llegó casi al final del partido y en un estado terrible. Junto con un amigo de Argentina que también lo conocía, y éramos todos del mismo grupo, junto a nuestras novias por aquel entonces y otros chicos, nos quedamos un rato después del juego haciendo unos pases con él, ya que había ido hasta allá. Apenas se podía mover y se cayó un par de veces corriendo a buscar la pelota mientras aguantaba una botella de birra en la mano.

    Había un partido que quería ver en la tele esa noche, a las dos de la mañana, y cuando se lo dije me preguntó si podía venir a verlo conmigo. Así que volvimos para mi apartamento, justo al lado del Jed Yod Plaza, compramos un pack de Leo y algo para comer, y subimos a matar tiempo hasta que arrancara el juego. Apenas entramos al estudio chiquitito en el que vivía, y por el que pagaba ฿7.500 al mes, vio un montón de pastillas que me habían dado en la farmacia para una infección de garganta que había tenido hacía poco y se abalanzó sobre ellas, buscando algún nombre familiar, algo que pegara.

    Decepcionado al no encontrar nada, se dio vuelta y me miró con un brillo de esperanza en los ojos: ‘Didn’t you have modafinil?’ ‘Yeah but it ran out and I haven’t ordered yet’. ‘Ah, shit. Let me know when you order and I’ll get some too. Or order some pills for me and I’ll get you when I get back to the grind’. Yeah, sure’. Nos tomamos las birras y él se fue a su apartamento en el entretiempo del partido.

    Último recuerdo de Matt y del fútbol, porque tengo que seguir empacando todo lo que me voy a llevar al apartamento nuevo (¡es increíble la cantidad de mierda que uno acumula con el paso del tiempo!).

    En 2018 había solo un grupo de farangs que jugaban fútbol amistoso los martes y los jueves. Pero algunos latinos y yo queríamos jugar los viernes, así que organizamos una vez un encuentro en la misma cancha donde jugábamos normalmente. Faltaba poco y parecía que no llegábamos a la cantidad de jugadores necesarios, así que, en un intento desesperado por juntar gente, escribí en el grupo de Poker Chiang Mai y, para mi sorpresa, recluté a los últimos dos. Uno de ellos era Matt.

    Asustado de que se apareciera en un estado similar al de la última vez que fue a esa misma cancha, pero sin otra alternativa que correr el riesgo porque no teníamos gente suficiente, fuimos para CM United y jugamos un lindo entreverado por un par de horas. Matt estaba sobrio e hizo un papel más que decente como defensa, rápido para llegar a la pelota y nada mal a la hora de distribuirla, respondiendo muy bien en el juego aéreo gracias a sus casi dos metros de estatura. Estaba usando una media coleta a lo Harry Kewell y, con mi amigo argentino, estuvimos de acuerdo en que se lo veía muchísimo mejor. Era terriblemente fachero, Matt; un imán para todo tipo de chicas. Salir con él era siempre un disfrute. Después del partido, algunos de los que jugamos fuimos a tomar unas birras a un bar justo enfrente de la cancha, uno de esos donde las mozas son chicas thai estilo promotora, todas hermosas.

    Después de un par de rondas, uno de los pibes preguntó si alguno estaba para seguirla en algún otro bar y, para mi sorpresa, Matt dijo que no, que tenía que levantarse temprano a jugar al poker. En ese momento estaba viviendo en un apartamento barato cerca de la Payap University, que su novia thai alquilaba bajo su nombre, porque ya llevaba casi dos años de overstay y no quería arriesgarse a firmar nada por miedo a que lo agarraran los de inmigración. Nos despedimos y un pibe de Papua Nueva Guinea, que jugó al fútbol solo aquella noche y que nunca más volví a ver, lo llevó en su moto hasta el apartamento. Creo que esa fue la única persona de Papua Nueva Guinea que conocí en toda mi vida.

    Esa noche en el Mad Bar, cuando Matt me dio los libros y que abrió este escrito, fue un par de meses después de ese fútbol. Estuvimos en contacto todo el tiempo hasta diciembre de 2019, cuando murió. La noche del 30, de hecho. Así fue como sus amigos en Canadá se enteraron: había arreglado para salir con ellos por Año Nuevo, pero nunca apareció, así que dieron aviso a la policía, que entró a su apartamento y lo encontró sin vida en su cama.

    Por lo que hablábamos, parecía que le estaba yendo bien. Vivía en un apartamento que le alquilaba la hermana, según entendí, hasta que él pudiera hacer funcionar esto del poker de una vez por todas. Me decía que quería volver a Tailandia terriblemente, pero que lo habían puesto en la lista negra por cinco años por culpa del overstay. Estaba intentando sacar un pasaporte rumano, ya que sus padres eran de allá, aunque no estaba seguro de si eso le iba a servir para entrar. Hablábamos de encontrarnos en algún lugar del mundo, capaz que para una WSOP o en Filipinas, un lugar al que decía que siempre había querido ir, ya que su primera novia era de ahí, así como también su última novia en Chiang Mai.

    No estoy del todo seguro de cuál es el punto de este escrito. Supongo que una especie de panegírico. Para Matt. Y para la casa que estoy dejando, donde me mudé con mi ex allá por 2018.

    Estaba completamente vacía y llena de polvo, casi como está ahora que me estoy por ir, y como posiblemente se mantenga en el futuro cercano, igual que las otras cuatro casas idénticas a esta en el callejón, que desde hace ya bastante tiempo están vacías y pertenecen todas a la misma dueña, una señora rica que vive en Bangkok. Seguramente está re quemada de tener que alquilar estas casas horribles acá en el norte, sin cisterna (sí, usé el sistema thai de cisterna con balde todos estos años) y por ฿6.000 cada una. ฿6.000 que, dicho sea de paso, al principio pagábamos a medias con mi ex, porque no me podía permitir pagar todo yo solo.

    Antes de comprar todos los muebles y cosas que le pusimos con mi ex, invité a Matt para que conociera el lugar y para ponernos al día. Yo recién había vuelto de un viaje de unos meses a Uruguay y hacía tiempo que no nos veíamos. Nos tomamos un pack de Leo en el balcón de afuera y eso lo convirtió en la primera persona en entrar a esta casa, aparte de mi ex y yo.

    Así que ahora estoy empacando todo lo que me quiero llevar al apartamento nuevo. El camión de mudanzas viene mañana a las 9.30 am. Lo contraté más que nada para llevar mi standing desk. Lo intenté vender porque no lo uso mucho y mi nuevo apartamento tiene un tremendo set up, ya que un amigo vivía ahí, pero no hubo compradores y me alegro de habérmelo quedado. Estar sentado es el nuevo fumar, gente, no se olviden.

    Ah, ahora sí me acuerdo por qué vine a escribir esto. Fue porque encontré esos libros y pensé que tenía que compartir esa foto con alguien, con mis colegas jugadores de poker. Y también porque encontrar esos libros trajo el recuerdo de esa noche en que Matt me los entregó en Mad Bar, justo donde empezó este post.

    Pero, para ser 100% honesto, me acuerdo exactamente por qué vine a escribir esto a mi oficina, ahora con las paredes desnudas, sin nada en ellas, como en algún tiempo estuvo la tabla de MDF que miraba cada tanto cuando tenía una decisión de river mientras jugaba, o el mapa de rutas de Uruguay, o la bandera de Angola que me regaló mi ex suegro.

    Vine a escribir esto porque, al ver esos libros, me desarmé y me puse a llorar como hacía tiempo no lo hacía. Capaz que desde que me enteré de que Matt se había muerto. Y no pude parar por un buen rato. Así que vine a mi oficina y me puse a escribir esto, a ver si ayudaba. Y escribí todo esto que acaban de leer, empezando por esa noche en Mad Bar, y no lloré ni un poco; pero ahora que estamos llegando al final me rompí de nuevo, así que no sé si funcionó.

    No, para ser honestos, creo que sí. Al menos ahora hay más gente del otro lado que conoce un poco a este pibe, Matt, a quien conocí gracias a TwoPlusTwo y que se convirtió en mi primer amigo acá en Chiang Mai. Nos vimos por primera vez el día que llegué a la ciudad, en diciembre de 2015, en la entrada de The Spicy. Estaba cerrado porque era temprano, tipo 8 pm, pero me dijo de encontrarnos ahí ya que era fácil de llegar y quedaba cerca del hostel donde me estaba quedando. Me llevó a Zoe in Yellow para comer algo y charlar, y después de un par de birras fuimos a la parte del baile, donde nos encontramos con la primera novia de Matt en Chiang Mai y con mi primer ‘น้อง’ (‘hermana pequeña’), que me ayudó mucho a instalarme en la ciudad en su momento.

    K, Matt y yo, en algún lugar de la superhighway de Chiang Mai – Diciembre 2015

    ¡Esos eran los días! Recién llegado a la tierra de las sonrisas, manejando una scooter sin casco por la autopista y sonriendo. Miren esa terrible sonrisa, me veo increíblemente feliz, ¿no? No me malinterpreten, estos días no están nada mal tampoco. Pero vieron cómo es: todo tiempo pasado fue mejor, o al menos así se siente. Pero, de nuevo, no me quejo. Tengo más plata ahora y me estoy mudando a un apartamento nuevo, con una linda oficina, un sofá grande y una cisterna de verdad, para no tener que tirarle más agua de un balde a la caca para que se vaya. Y estoy en un gran estado de forma, jugando al fútbol mejor que nunca y con un físico mucho mejor. Y en el poker también me va ok. Bueno, mejor que ok si uno lo ve objetivamente, pero siempre quiero más.

    Más duro, mejor, más rápido, más fuerte. Siempre laburando, siempre empujando hasta que la máquina se destruya y se caiga a pedazos, y ahí sí poder descansar en paz, o en pedazos. Esa es la única forma para mí. Jugar al fútbol hasta que las rodillas se me destrocen, entrenar hasta que se me desgarre cada músculo, estudiar poker hasta que los bots comanden todas las mesas virtuales y los androides todos los poker rooms del planeta, o hasta que sienta que ya tuve suficiente. Y después hacer lo siguiente hasta que me destruya en esa nueva misión, o me rompa en pedacitos, o lo que sea.

    Algo así como lo que hizo Matt, pero de otra manera. Él se inmoló, dándolo todo, en la búsqueda de esos placeres inmediatos, hedonistas. Siempre pienso que vivió dos o tres vidas en tan solo 24 años, y que hizo lo que muchos desearíamos hacer sin remordimiento: coger un montón, tomar birra hasta caerse del pedo solo porque sí, y consumir cada droga que se te ponga enfrente sin pensar en las consecuencias.

    Respeto eso muchísimo. Es el último fuck you a todo y, como cyberpunk autodeclarado, eso me encanta. También creo que glorificar un poco su vida (y su muerte) me ayuda a construir esta imagen de él en mi cabeza, más como un outsider, una especie de rockstar, en vez de un chico enfermo que perdió en el juego de la vida, y eso me ayuda a lidiar con su muerte un poco mejor.

    Pero esto se alargó un montón y todavía tengo que empacar muchas cosas, así que mejor la seguimos otro día. ¡Gracias por leer si llegaste hasta acá!

    Matt y yo siendo esos molestos farang con las pistolitas de agua en nuestro primer Songkran – Chiang Mai, Abril de 2016

  • Los 25 libros que leí en 2025

    Todos los años me marco un reto en Goodreads de cuántos libros leer. La meta para este año eran 22, pero cuando vi la oportunidad redonda de ir por 25 en 2025, agarré viento en la camiseta y lo logré con un par de semanas de anticipación y todo.

    En este artículo, y con la excusa de revisitar notas y revivir un poco lo que me dejó cada uno, presento los 25 libros que leí este año, con un breve comentario y una calificación puramente subjetiva de cada uno.

    Hay de todo un poco. Me gusta balancear la dieta literaria lo más posible, porque siento que así leo más, al tener siempre varias opciones que elegir a la hora de leer. De todas maneras, hay una marcada predilección por la ficción y los clásicos.

    La acumulación de libros de relatos cortos sobre el final del año no es casual: siempre me gusta tener varios de estos frentes abiertos para contar con lecturas breves y compactas cuando no estoy dispuesto a encarar la novela o la pieza de no ficción de turno. Y cuando se acerca el cierre del año, toca cerrar todos los bucles.

    No sé si seré capaz de ir por 26 en 2026, no solo por el año en cuestión, sino porque se empezaría a marcar una peligrosa tendencia que tarde o temprano probablemente se corte, sobre todo si mi existencia se prolonga más allá de 2035 o por ahí. Prefiero disfrutar de la lectura, concentrarme en la calidad y no en la cantidad, y evitar convertir esta parte de mi vida, que se supone es de relajación y disfrute, en otra obsesión compulsiva y resultadista. Aunque, conociéndome, es altamente probable que eso termine pasando y que en diez años estén leyendo una pieza titulada: Cómo casi pierdo la vista y la cordura leyendo 35 libros en 2035.

    Pero para eso falta. De momento, acá están los 25 libros de 2025. ¡Feliz año para todxs!


    1 – To Have and Have Not — Ernest Hemingway — 1937

    ★★☆☆☆

    Mi único contacto con Hemingway había sido su colección de historias cortas Men Without Women años atrás, y ya tocaba revisitarlo. Me incliné por esta novela por estar ambientada en un escenario histórico que siempre me atrajo: la época de la Prohibición en Estados Unidos. La historia sigue a Harry Morgan, un capitán de barco devenido contrabandista que opera desde Key Largo, y sus aventuras y dilemas morales en un tiempo donde el tráfico de alcohol, de objetivos políticos y de inmigrantes era moneda corriente en el estrecho de Florida.

    Siempre vale la pena leer a los autores de estatus legendario. Para hacerlo, es vital entenderlos en su contexto y no juzgarlos desde un pedestal moral o desde el antiimperialismo (antiyanki, para decir las cosas como son) que suele dominarme. Al quitar los velos políticos, sociales e ideológicos que cubren al libro —todos bien Hemingway, todos bien yankis— queda una novela algo entretenida, ambientada en una época interesante de la historia, y tá.

    2 – Pantaleón y las visitadoras — Mario Vargas Llosa — 1973

    ★★★★☆

    En mi cruzada por consumir todo lo que Vargas Llosa produjo en su prolífica carrera, tocaba adentrarse en la Amazonia peruana de la mano del capitán Pantoja y su misión, encargada por los altos mandos del ejército, de formar un servicio de prostitutas (o, como las denominan, “visitadoras”) para satisfacer las necesidades carnales de los soldados estacionados en una de las zonas más remotas de América.

    Cuesta creer que un libro escrito prácticamente a base de informes militares ficticios (aunque inspirados en hechos reales) sea tan entretenido. Tal vez sea la colección de personajes tan querible y variada, o esa capacidad de MVL para desentramar estructuras de poder complejas y perversas de una forma humana y digerible. Recomendada, como casi todo lo que leí del capo máximo de la literatura latinoamericana.

    3 – Yo soy una señora — Jaime Bayly — 2019

    ★☆☆☆☆

    Soy gran fan de la desfachatez de Bayly para escribir literalmente lo que le sale del culo, y de la violencia casi pornográfica de su pluma (bueno, sin el casi). También disfruto del formato de relato corto, así que me zambullí esperanzado en uno de los últimos libros de El Niño Terrible, solo para llevarme tremendo chasco.

    Más que cuentos cortos, Yo soy una señora parece una colección de sueños absurdos vomitados por Bayly tras despertarse con el pito duro entre el primer pis y el desayuno. La mayoría no provocan gracia, ni repulsión, ni nada, lo cual es rarísimo en un autor que nunca me deja indiferente.

    4 – El principio del placer — José Emilio Pacheco — 1972

    ★★★☆☆

    Estaba visto que era imposible leer una colección de cuentos de un autor mexicano sin remitirme automáticamente a El llano en llamas, uno de mis libros favoritos de todos los tiempos, del maestro Juan Rulfo.

    Mientras El llano en llamas se sitúa en el llano grande, una región árida y pobre del estado de Jalisco, y las vidas miserables de sus moradores, El principio del placer cruza al otro extremo del espectro social mejicano para recorrer distintas etapas de la vida, desde la infancia hasta la vejez, a través de varios chilangos que (sobre)viven en la masiva Ciudad de México.

    Sin contar a Rulfo, claro, sigo sin encontrar nada que me sacuda de la literatura mexicana. Seguiremos en la búsqueda.

    5 – The Great Shark Hunt: Strange Tales from a Strange Time Hunter S. Thompson 1979

    ★★★☆☆

    Sabía que tenía que leer a Hunter S. Thompson, pero su novela más popular, ‘Pánico y locura en Las Vegas’, no me atraía nada, más que nada porque la película me pareció bastante aburrida.

    Thompson es el inventor del periodismo ‘gonzo’, en el que el narrador no hace ningun esfuerzo por ser objetivo, y en el que muchas veces la noticia es lo de menos, y lo importante pasa a ser la experiencia del periodista durante la cobertura de la misma.

    Me encantó adentrarme en su universo a través de esta colección de artículos llenos de drogas, delirios pero también representaciones muy coloridas y fácticas de distintos hechos de la historia yanki de los que Hunter fue testigo directo.

    Me gustaría leer las otras tres partes de la colección, pero parecen inaccesibles en formato EPUB. Si alguien leyendo esto tiene algún pique, se agradece.

    6 – The Subtle Art of Not Giving a F*ck: A Counterintuitive Approach to Living a Good Life — Mark Manson — 2016

    ★★☆☆☆

    La mayoría de los libros de autoayuda son bazofia pura, y este perfectamente puede serlo también, pero llegó a mi vida en un momento en el que precisaba escuchar su mensaje y puedo decir que no solo me ayudó a sobrellevar una época turbulenta, sino que seguramente me cambió la vida, y que más mérito para una pieza de literatura que transformar la vida del que la lee.

    La premisa es clara: identificá cuales son los valores más importantes para vos, y asegurate de que todo lo que no sea uno de ellos, te importe una mierda.

    7 – Pedro Páramo — Juan Rulfo — 1955

    ★★★☆☆

    Escribiendo este artículo sobre mis días en Vientiane recordé que, cuando estuve allí por primera vez, estaba leyendo este mismo libro. Decidí ir por el round dos.

    Creo que me gustó más que la primera vez. Es una pieza clave de la literatura latinoamericana (se dice que es el precursor de nuestro realismo mágico), pero sigo quedándome con El llano en llamas si tengo que elegir entre las dos grandes obras de Rulfo.

    8 – El mito de Sísifo — Albert Camus — 1942

    ★★☆☆☆

    Soy mega fan de Camus, he leído prácticamente todo lo que produjo y El Extranjero es mi libro favorito, por lo que consumir su obra es más un acto de militancia que de placer o entretenimiento.

    Con sus ensayos, como El mito de Sísifo, esto queda aún más claro, ya que cualquier obra filosófica exige una atención y un enfoque que resultan muy enriquecedores, pero poco divertidos. De todas maneras, intento siempre mechar algo de este estilo en mi dieta literaria porque considero vital consumir filosofía todo el tiempo.

    La lectura de este libro me inspiró a escribir este artículo.

    9 – The Way of the Superior Man: A Spiritual Guide to Mastering the Challenges of Women, Work, and Sexual Desire — David Deida — 1997

    ☆☆☆☆☆

    Un clásico de la “manosfera”, alabado por muchos y odiado por otros tantos. Me parecía oportuno darle una chance y ver si tenían razón las feministas de pelo azul o los gordos barbudos pro MAGA. Y tras leer tres cuartos de este manifiesto de la misoginia y borrarlo del Kindle, debo decir que textos como este explican la avanzada del movimiento woke en los años recientes. Y esto lo dice alguien que intenta siempre buscar el punto medio y evitar extremismos, pero el libro es sencillamente indefendible.

    10- The Music of Chance — Paul Auster — 1990

    ★★☆☆☆

    Una novela sobre un hombre que, mientras maneja por Estados Unidos sin rumbo, se cruza con un jugador de poker en aprietos (gran razón por la que elegí leerla) y decide bancarlo con sus últimos ahorros para una partida contra dos excéntricos multimillonarios. ¿Qué sucede después? No voy a spoilearlo acá ni quitarle el potencial interés a una novela correcta que, si no fuese porque toca mi profesión de cerca, jamás habría considerado leer.

    11 – Die with Zero: Getting All You Can from Your Money and Your Life — Bill Perkins — 2020

    ★★☆☆☆

    El gran problema que tengo con los libros de no ficción es que, en la mayoría de los casos, con solo leer el título y quizás la introducción, el resto no tiene mucho más para ofrecer. Suelen ser una sucesión de ejemplos o estudios que confirman la premisa del autor.

    En el caso de Die with Zero, creo que funcionaría mucho mejor como una charla TED de quince minutos que como un libro entero. De todas maneras, el punto de Perkins es válido y ojalá más gente lo tuviera presente: todo el dinero que nos sobra al morir es tiempo que invertimos estando vivos y que no vuelve. Un derroche no solo de capital, sino de vida.

    12 – The Courage to Be Disliked: How to Free Yourself, Change Your Life and Achieve Real Happiness — Ichiro Kishimi, Fumitake Koga — 2013

    ★★★☆☆

    Si bien el título suena a terrible bazofia de autoayuda, es básicamente un libro de psicología pop en el que, a través de un diálogo entre un maestro y su discípulo, se presentan al lector las bases de la escuela adleriana de psicoterapia.

    La idea más interesante que me llevo sobre la línea de psicoanálisis del exñery de Freud (eran aún más ñerys, pero se separaron en 1911 por diferencias profesionales) es que todos los problemas psicológicos son, básicamente, problemas interpersonales.

    13- El huracán lleva tu nombre — Jaime Bayly — 2004

    ★★☆☆☆

    Lo dije en la mención anterior a Bayly y lo repito: me encanta lo que escribe este tipo. Como alguien que también junta letras, haberlo leído en su momento (mi primer acercamiento fue La noche es virgen) me voló la cabeza y me mostró que es posible hacer literatura honesta y visceral sin sonar como un intelectual pretencioso que usa bufanda y toma coñac con el meñique levantado.

    Esta novela (larga, muy larga, demasiado larga) es profundamente autobiográfica y nos lleva por la tormentosa relación del autor —un Bayly en miniatura— con Sofía, inmersa en una lucha constante contra los elementos, los prejuicios y los deseos de la alta sociedad peruana, insidiosas exparejas y, por encima de todo, la homosexualidad incontenible del autor, que asoma a la superficie cada vez que encuentra un resquicio.

    14 – The Value of Others — Orion Taraban — 2024

    ★★★☆☆

    Conocí al autor a través de su canal de YouTube y decidí comprar su ópera prima, donde presenta el concepto subyacente en todos sus videos de forma más extensa: el modelo económico de las relaciones sexoafectivas.

    Es humano intentar acotar temas complejos a un modelo que nos permita manejarlos mejor. Y el vínculo entre hombres y mujeres es uno de los asuntos más complejos que existen, con muchísimo para desmenuzar. Suena chocante equiparar la forma de relacionarnos con un mercado, pero en el sistema capitalista en el que vivimos todo está regido por las leyes del mercado y es un bien de consumo, incluso el sexo o el amor, nos guste o no.

    No sé si recomendaría este libro a todo el mundo, pero sí el canal del autor: PsyHacks, así sea para ver un par de sus videos y hacerse cierta idea de su modelo.

    15 – On the Road — Jack Kerouac — 1957

    ★★★★☆

    Decidí releer este clásico porque estaba precisando un poco de escapismo y aventura en una época de mucho laburo y exceso de cotidianeidad. Y nada mejor para romper la rutina que revivir las andanzas de Sal Paradise (alter ego de Kerouac) y los personajes que va encontrándose en su constante ir y venir de costa a costa de Estados Unidos, en una cruzada cargada de jazz, sexo, alcohol y otros vicios.

    Lo disfruté mucho la primera vez, pero aún más en esta relectura. Gran novela para ilustrar el mensaje que nos inculcó a los uruguayos el Maestro Tabárez durante años: “El camino es la recompensa”.

    16- Appointment in Samarra — John O’Hara — 1934

    ★★★☆☆

    Una novela que siempre tuve en la mira y que me decidí a leer durante mi convalecencia de una semana víctima del COVID (sí, re anacrónico).

    Si una novela tiene enseñanzas, profundidad o mensajes políticos, lo tomo como un plus: lo importante es que entretenga. Y este clásico, que narra 72 horas en la vida de un grupo de personajes de un pueblito ficticio de Nueva Inglaterra, logra exactamente eso. Un verdadero page turner que devoré en cuestión de días, entre estornudos, caldo de pollo y jarabe para la tos.

    17 – TAZ: The Temporary Autonomous Zone — Hakim Bey — 1991

    ★★★☆☆

    Una colección de ensayos, denuncias, manifiestos y hasta poemas de un anarquista individualista como Hakim Bey (y como yo), donde la misión principal es presentar el concepto de las TAZ: zonas temporales autonómicas, espacios fuera del control gubernamental, gestionados por sus residentes y ajenos a regulaciones o presiones externas.

    Suena como una idea compleja, pero una rave, por ejemplo, es un caso cotidiano de TAZ. Así que la próxima vez que vayas a ver a un DJ medio pelo en un galpón, rodeado de gente dura como infancia en Siria, podés tomarlo como un acto de militancia.

    18 – Range: Why Generalists Triumph in a Specialized World — David Epstein — 2019

    ★★☆☆☆

    La dosis de no ficción necesaria para balancear mi dieta literaria. En este libro, Epstein muestra, a través de ejemplos y del estudio de distintos profesionales, atletas, músicos, inventores o científicos, cómo ultraespecializarse en un campo puede hacernos perder “rango” y volvernos incapaces de resolver problemas que alguien con un conocimiento más amplio puede encarar desde un enfoque más global.

    Lectura interesante para expandir el horizonte, replantearse varios conceptos que traemos incorporados y, justamente, ensanchar nuestro “rango”.

    19 – El exilio y el reino — Albert Camus — 1957

    ★★★☆☆

    Con el exilio, literal o figurado, como hilo conductor, Camus aprovecha seis viñetas para tratar temas que van desde la ética, la moral y el humanismo hasta la infidelidad, la lucha de clases o la xenofobia. Todo atravesado por su visión absurdista de la realidad y ese tono y estética tan grises que, con una pincelada bien puesta, dejan entrever ese “verano invencible” que pugna por salir y nos impide exiliarnos definitivamente a una cueva y nos lleva a seguir empujando una piedra montaña arriba día tras día (¿y si Albert era un agente encubierto de la Matrix?).

    Sea como sea, y a sabiendas de que no es el entretenimiento más liviano ni revitalizante que existe, pero sí casi una necesidad existencial: lean a Camus.

    20 – La Guerra del Fin del Mundo — Mario Vargas Llosa — 1981

    ★★★★★

    Confieso que le huyo a los libros extremadamente largos por miedo a perder el interés a mitad de camino y que mi regla autoimpuesta de (casi) siempre terminar lo que empiezo me obligue a seguir con una lectura que no disfruto. Un crimen, teniendo en cuenta que hay tanto para leer y tan poco tiempo.

    Por eso dudé mucho antes de entrarle a esta obra de MVL, pero en mi cruzada por leer toda su bibliografía sabía que, tarde o temprano, me iba a tocar. Y me alegro inmensamente de haberlo hecho: es un librazo que devoré en cuestión de semanas.

    Me sorprende que un caso tan apasionante como el de Canudos no tenga más relevancia mediática (teléfono, Netflix). De todas maneras, es difícil imaginar una versión que supere la de MVL. Si aun así sirve para que más gente descubra lo que ocurrió en ese poblado del sertón bahiano a fines del siglo XIX, entre fanáticos religiosos, cangaceiros y fuerzas del orden federalistas, bienvenida sea la adaptación hollywoodense con Benicio del Toro como el Conselheiro, Wagner Moura como João Abade y Javier Bardem como el coronel Moreira César.

    21 – Ficciones — Jorge Luis Borges — 1944

    ★★★☆☆

    Cuesta dimensionar lo que debía ser la cabeza de Borges para dar a luz estas diecisiete realidades que a un mortal como yo le costaría siquiera empezar a soñar. Y, encima, está el talento de volverlas digeribles, atrapantes y entretenidas ochenta años después de su publicación.

    Recomendación: las Ficciones entran mejor como ejercicio de escapismo, en un rincón aislado de un cafetín porteño, medialuna y cortado de por medio, un viernes lluvioso después de un día agitado.

    22 – The Disaster Area — J.G. Ballard — 1967

    ★★☆☆☆

    La mejor forma de describir esta colección de cuentos de Ballard es como un crossover entre Black Mirror y Stephen King, algo solo posible en la mente de un inglés nacido en Shanghái, que atravesó la Segunda Guerra Mundial viviendo en una burbuja para extranjeros en medio de China, semi aislado del horror que se extendía por el país mientras los locales repelían la invasión japonesa y el mundo se caía a pedazos.

    Tengo otras novelas suyas en la readlist, pero, al igual que con los capítulos de Black Mirror, necesito un respiro prolongado para bajar y procesar lo consumido después de un tour por los rincones más oscuros de la existencia humana y una visión tan desoladora de lo que se nos viene como especie.

    23 – El anarquismo individualista. Lo que es, puede y vale — Emile Armand — 2011

    ★★★★☆

    Hasta leer este manifiesto (o quizá libro de instrucciones) sobre el anarquismo individualista de Émile Armand (seudónimo de Ernest-Lucien Juin), cuando me preguntaban por mi orientación política siempre respondía algo del estilo “ni de izquierda ni de derecha, de arriba”, o alguna boludez por el estilo, para evitar posicionarme en un espectro binario que sentía no me representaba en ninguno de sus extremos.

    Después de terminar este libro, y de asentir prácticamente desde la primera página hasta la última, al punto de acabar con dolor de cuello por pura identificación ideológica, si en el futuro me veo forzado a etiquetarme políticamente, mi respuesta va a ser “anarquista individualista”. Suena bastante mejor que “boludo egoísta anti todo y desinteresado en la politiquería pelotuda producto de la pseudodemocracia de los cartelitos y las listas”.

    24 — La tumba — José Agustín — 1964

    ★★★☆☆

    Novelle que se coló por la ventana en el intento de llegar a la meta de 25 libros y en esa búsqueda persistente de algo de la literatura mejicana que realmente me deslumbre.

    Parece que todo lo que sale de ese país es o un grito por la igualdad desde los sectores más pobres, o un retrato de la clase más acaudalada del DF, sin medias tintas. Y habiendo visto la desigualdad reinante en tierras norteñas en primera persona, entiendo que así sea: la literatura de clase media es imposible en un país donde la clase media prácticamente no existe.

    Me queda muy lejana esta historia de un chico rico y sus aventuras sexuales y parrandas cargadas de alcohol en el DF de principios de los 60. No sé si se trata de una exageración del autor o si realmente así vivía un adolescente de familia acomodada por aquellos tiempos. De todas maneras, me gustó la forma de José Agustín de llevar una historia que toca temas serios y de carácter existencial con una levedad casi infantil y un estilo fresco, cercano a lo cómico, del que seguro Bayly tomó nota para escribir sus novelas.

    25 — Meditaciones — Marco Aurelio — c. 180

    ★★★★★

    Entrada engañosa, porque Meditaciones no es solo un libro que leí este año, sino uno que leo constantemente.

    Me gusta leerlo todas las noches antes de dormir, casi como una biblia para un católico, para cerrar el día con un mensaje positivo y algún lineamiento a seguir al día siguiente.

    Me gustaría que, a fuerza de lectura y relectura de esta colección de anotaciones del que quizá fue el hombre más importante de la Antigüedad, logre incorporar cada vez más el estoicismo en mi vida. Algo tan necesario en los tiempos que corren y casi vital, diría, para la montaña rusa emocional que es la vida de un jugador de poker profesional.

    Si bien consigo invocar algunos de los principios del emperador en momentos clave del día a día, me gustaría tenerlos aún más presentes. Pero supongo que el hecho de que Marco Aurelio escribiera estas meditaciones a diario es prueba de que incluso para el emperador más poderoso del Imperio romano, mantenerse impasible frente a los vaivenes del mundo era un ejercicio difícil. Tan difícil que necesitaba recurrir a lo que hoy llamaríamos journaling para mantenerse estable emocionalmente.

    Si tuviese que recomendar la lectura de solo un libro de estos veinticinco, que sea Meditaciones. Creo sinceramente que el mundo sería un lugar mejor si más gente lo leyera.

    Quería cerrar este posteo, y el año literario, con algún extracto del libro. Tarea complicada, considerando que mi sección de notas de Kindle tiene decenas de highlights (capaz hay más subrayado que texto limpio; mi profe de Técnicas de Estudio me reprobaría de seguro). No fue fácil elegir solo uno, pero acá va mi deseo para todos los que están leyendo esto, en este 2026 que se viene:

    4.49 Sé igual al promontorio contra el que sin interrupción baten las olas. El permanece quieto mientras que en su derredor sucumben las aguas que bullen. (2) «Soy desgraciado porque me ocurrió eso a mí». Bien al contrario: «Soy afortunado porque, a pesar de haberme ocurrido eso, permanezco sin pena y no me rompo por el presente ni temo el porvenir». (3) Porque tal cosa podría haberle sucedido a cualquiera, sin embargo cualquiera no hubiera permanecido sin pena por ello. ¿Por qué, entonces, aquello es mayor desgracia que esta buena fortuna?

  • La Industria de la Muerte

    Espero que los humanos del futuro miren hacia la industria funeraria de la actualidad, de la misma manera que nosotros miramos con una mezcla de horror e incredulidad a prácticas de la antigüedad tales como el esclavismo, la hirudoterapia o la inquisición.

    El ritual funerario preponderante en esta parte del mundo, de origen católico, es tan morboso como ampliamente aceptado por la gente de Occidente, independientemente de su religión o carencia de la misma. Es la desviación de este formato estándar, o la ausencia total del mismo, fuente de sorpresa y hasta producto de juicio, observado con cierto desdén y de forma moralista por aquellos que nunca siquiera cuestionaron el por qué de esta práctica.

    Desglosemos brevemente qué sucede una vez que una persona muere en casi cualquier país occidental, para resaltar el absurdo detrás de todo lo que viene después.

    Cuando la biología así lo indica, o sea, cuando el cuerpo expira, todo comienza con un mero trámite: debe emitirse el certificado de defunción, que no es más que un papel que declara a esa masa de huesos y carne como un humano legalmente muerto. Una vez puesta la firma por el doctor de turno, esa persona es ahora, a los ojos del Estado, un cadáver y puede ser transportada a la funeraria.

    La burocracia sigue en las oficinas de la empresa fúnebre, donde la familia del difunto decide distintas opciones respecto a los pasos a seguir. La longitud del servicio de velatorio, por ejemplo, donde su ser querido será expuesto para que sea observado por amigos y allegados. También se mide el cariño hacia el recién fallecido según qué tipo de ataúd van a comprar para su descanso eterno: ¿alcanza uno de madera de pino estándar o el amor era lo suficientemente grande como para desembolsar unos pesos más en uno de cedro? ¿O se trata de un ser sumamente querido que justifique el derroche en uno de nogal?

    Mientras toda esta interacción se desarrolla entre gente cariacontecida en las sombrías oficinas a la calle de la funeraria, a escasos metros de allí —seguramente en el sótano— el cuerpo inerte yace en una cama de metal, en un cuarto refrigerado, esperando el siguiente paso en su camino hacia el cementerio.

    Una vez finalizados los trámites, la familia se retira a llorar al fallecido y a dar aviso de la exposición que se hará del mismo al día siguiente para que todos puedan ver al finado una última vez. El aviso también será emitido en el diario, por la radio y, en algunos lugares más vieja escuela, hasta por un parlante apostado en el techo de un coche que recorre las calles de la zona. Mientras tanto, debajo, es hora de que el embalsamador (a quien siempre imagino viejo, de nariz aguileña y lentes culo de botella) haga su trabajo.

    Con guantes y delantal, en una tarea que para él es rutinaria pero que para cualquiera de nosotros seguramente sería traumática, se dispone a abrir el cuerpo con un tajo transversal y vaciarlo de todos los órganos, los cuales, supongo, va apilando en una mesa cercana, ya que dudo que vayan a la basura así nomás. Dicen que, al vaciarlo, el cuerpo expele gases, lo cual dota a todo el proceso no solo de una sinfonía de sonidos variopintos y estruendosos, sino también de un aroma por lo menos peculiar (espero que además de guantes y delantal utilice algún tipo de cubrenariz).

    Una vez vaciado por completo de todos los órganos que hasta hace horas estaban en pleno funcionamiento y que ahora son desecho orgánico, es momento de hacerse de una jeringa y, ahora sí, viéndose inevitablemente como la portada de ‘Re-Animator’ de 1985, el profesional procede a inyectar soluciones químicas en los remanentes del sistema vascular para frenar la descomposición interna y poder exhibir ese cuenco vacío al día siguiente sin que, además del dolor por su partida del mundo de los vivos, genere olor.

    Una vez bien limpio y relleno de conservante, es hora de suturar no solo el tajo creado por el embalsamador sino cualquier orificio potencial que tenga el cuerpo, para evitar fugas de gases que provoquen un susto mayúsculo entre los asistentes al velorio o en los sepultadores cuando sean sorprendidos por una intempestiva flatulencia mientras depositan el ataúd en el nicho o en la tierra.

    La parte interna quedó solucionada, pero por afuera sigue pareciendo básicamente lo que es: un cadáver, pálido, débil, carente de toda vida. Así que, para generar la falsa ilusión de que todavía es uno más de nosotros, con planes y compromisos a los que atender al día siguiente, el embalsamador procede a vestirlo con un traje de etiqueta y a maquillarlo de forma tal que vuelva el color a sus mejillas y a su rostro.

    Ahora sí quedó todo pronto: eso que hasta hace horas era un ser vivo, y que después fue desecho orgánico, por obra y arte del profesional de la tanatopraxia está ahora listo para la exposición. Así que, tras depositarlo en una caja de madera acolchada, es llevado a la sala velatoria donde estará en exposición, cual si fuese una pintura o una escultura, para que los seres queridos puedan pegarle una última vichadita.

    Mientras describo esta secuencia de eventos no dejo de asombrarme de lo absurdo que resulta todo, incluso después de haberlo pensado una y mil veces, hasta el punto de sentarme a escribir este texto.

    La popularización de este ritual a través del cine hace que no nos resulte del todo extraño a ninguno de nosotros. Pero en ciertos rincones remotos donde Netflix no existe —y sí, todavía hay lugares así por increíble que parezca— este proceso podría generar tanta perplejidad como nos provoca a nosotros enterarnos de sus propios ritos funerarios, o de la simple ausencia de ellos.

    Recuerdo la sorpresa que me llevé en mi primer contacto con un ritual funerario budista, casi al comienzo de mi estadía de ocho años en Tailandia. Estaba justamente en una clase de idioma tailandés (un mero trámite para conseguir la visa de estudiante), cuando el ruido de fuegos artificiales y percusión se apoderó del aula, proveniente de la calle. Si no fuese porque era un miércoles de mañana, y porque el Chiang Mai United nunca gana nada, podría haberse confundido con un festejo de campeonato, o un banderazo para acompañar al equipo a un partido importante, pero, para la sorpresa de todos los alumnos, la profe nos explicó que era un funeral y nos invitó a acercarnos a la ventana para ver los pormenores del ritual.

    Por el medio de la calle, una procesión de unas treinta personas, con el negro predominando en su vestimenta, arrastraba un carro de considerable altura, donde al parecer iba el cuerpo del fallecido en un ataúd, sí, pero rodeado de arreglos florales y distintos objetos, entre los que destacaban varias cajas de cerveza ‘Leo’, que según dijo la profe, debía ser la favorita del difunto. En el medio, frente al ataúd y sobre las cajas de cerveza, se encontraba la foto de un señor mayor sonriendo, que no era otro que el fallecido.

    Mientras tomaba dimensión de lo que estaba observando, mi atención fue rota por otro “PUM-PUM-KABOOOM”, proveniente de una 12 tiros igualita a las que tantas veces vi explotar en un recibimiento clásico de Peñarol en la tribuna Amsterdam, ahora lanzada por uno de los miembros de la procesión, que iba cerca de los que tocaban una especie de tambor o los de las cornetas, que emitían un sonido agudo y constante, el cual ya había escuchado previamente en una velada de muay-thai. El clima en el peculiar cortejo fúnebre era más bien festivo y relajado, y la gente no parecía estar particularmente triste, seguramente por las creencias budistas reinantes en la zona, que indican que la esencia que habitó el cuerpo del fallecido es ahora un bebé recién nacido en algún otro rincón del mundo.

    Cuando la procesión se perdió de vista, soi abajo, la profe nos contó que iban rumbo al wat (templo budista) del barrio, donde iba a comenzar el “velorio”, y todas esas cajas de Leo iban a ser consumidas por los asistentes, entre rezo y rezo, durante un par de días. Una vez que todos los conocidos y amigos hayan pasado por el templo a rendir respeto y a dejar sobres con dinero a la familia, el difunto iba a ser trasladado al crematorio local, donde, en un notorio contraste con la algarabía de la procesión inicial, de forma más solemne y privada, los restos serían incinerados durante horas para culminar así el ritual funerario budista, bastante distinto, aunque no totalmente ajeno al católico-occidental. De lo que estoy seguro es que es más barato, sin saber bien en cuánto ronda un servicio completo hoy por hoy en Salhón o Martinelli.

    Otras ramas del budismo, dominantes en Nepal, Bután, Mongolia o zonas montañosas de China, basándose justamente en la creencia de que el cuerpo es tan solo un envoltorio, se saltean todo el protocolo (y los gastos) del velorio y la procesión, y optan por el llamado “entierro celestial”, el cual suena mucho más angelical y delicado de lo que es, y que de “entierro” no tiene nada, ya que es una práctica donde el cadáver es tajeado estratégicamente y colocado en la cima de una montaña, exponiéndolo a los elementos y, sobre todo, a los buitres, que van a encargarse de erosionarlo y desaparecerlo en cuestión de horas, ahorrándose así valioso espacio y dinero en una parte del mundo donde ninguna de esas cosas abunda.

    No describo estos rituales alternativos por morbo, sino para demostrar que hay una amplia variedad de formas de proceder una vez que un humano expira y pasa a ser desecho orgánico, que van más allá de pagarle a la funeraria de turno para que active un protocolo del que seguramente los sobrevivientes no quieren ser parte, pero que asumen como la única opción a seguir cuando un momento tan delicado les toca de cerca.

    Si bien ambos rituales “alternativos” descriptos en este artículo son de origen budista, no creo que la adhesión al ritual católico clásico al que estamos acostumbrados por estos lares tenga nada que ver con la religión, ya que la sociedad es cada vez más laica, sobre todo en mi Uruguay natal. Creo que es más bien una decisión tomada por “default”, de manera automática por simple conveniencia, por desconocimiento de alternativas y hasta por cuestiones sociales o legales que casi lo obligan a uno a adoptar la práctica católica: dudo mucho que el gobierno autorice un “entierro celestial” en Uruguay, además de que no tenemos montañas, lo cual dificultaría bastante el proceso.

    Es cierto que, una vez del otro lado, el fallecido no se enterará de qué va a suceder con el “envoltorio” (si se me permite usar el término budista, que es más estético que “desecho orgánico”) que alguna vez lo acogió, siendo todos estos rituales más una forma de digerir y procesar la muerte de un ser querido para los que quedan vivos, que algo realmente importante para el finado.

    Comencé diciendo que espero que en el futuro miremos al ritual funerario católico-estándar como una aberración (de la misma forma en que seguramente todos los que leyeron por primera vez, a través de este artículo, sobre el “entierro celestial” vieron dicha práctica), pero creo que el verdadero triunfo y la señal de que evolucionamos como sociedad sería verlo como una opción, entre muchas disponibles, y no como la única práctica aceptable a seguir cuando muere un ser querido.

    Para que esto suceda, no solo es necesario conocer alternativas al ritual católico, sino pensar en todo esto cuando uno todavía puede hacer algo al respecto, o sea, cuando está vivo, y manifestar su deseo ya sea legalmente o a familiares y amigos. Eso implica meditar y dialogar sobre un tema escabroso que la mayoría evitamos: nuestra propia mortalidad.

    Es difícil pensar en un cambio de paradigma justamente por la naturaleza “tabú” de este tema. Por eso pronostico que embalsamadores, funerarias e iglesias van a seguir llenándose los bolsillos a costa del miedo del grueso de la población a decidir sobre su propio cadáver y optar por alternativas mucho más copadas respecto de qué sucede con sus restos mortales una vez que ya no estén en este mundo, tales como ser cremados en un templo budista mientras sus seres queridos toman cerveza en su honor, o mejor aún: ser tajeados y dejados a la intemperie en la cima de una montaña tibetana para convertirse en alimento de buitres y aves de carroña.

  • Mi Primer Concierto

    Montevideo, 10 de noviembre de 1998.

    Todavía no es verano oficialmente, pero ya se siente ese calorcito y el clima de fin de año que invade al país cuando diciembre empieza a asomarse en el horizonte.

    Uno podría pensar que, cerca de la rambla —más concretamente en la explanada del Teatro de Verano Ramón Collazo—, el viento del mar ayudaría a templar un poco el ambiente. Pero el calor generado por la masa de gente que se agolpa fuera de los accesos hace que todo el mundo esté sofocado. Y no solo por el calor humano, sino también por la negligencia de los organizadores, que, a escasos minutos de la hora de comienzo oficial del concierto, ven cómo una muchedumbre todavía afuera empuja para entrar.

    Se escuchan gritos, insultos y los clásicos pedidos en esas situaciones: “¡ABRAN MÁS PUERTAS, LOCO!”. La marea humana retrocede unos pasos, solo para luego cargar nuevamente, empujada por los que están más atrás. Y, como siempre pasa en estas aglomeraciones cuando los avances se sincronizan, surge el pedido infaltable: “¡NO EMPUJEN, QUE HAY NIÑOS!”. Esa vez, el niño era yo. Pegado a mi vieja, sin poder ver bien qué estaba pasando por mi escasa estatura, pero fascinado de estar siendo parte de una marea humana que empujaba para entrar a ver al artista del momento.

    Además de mi madre, otros asistentes al concierto se preocupan por mí y, usando los brazos de pantalla, generan un espacio a mi alrededor. Lentamente, la masa avanza y, antes de darnos cuenta, ya estamos adentro del recinto.

    Una vez dentro del tremendo anfiteatro, que conocí en esa instancia por primera vez, me recibe la visión de unas gradas casi llenas de punta a punta y un escenario oscuro donde pronto va a salir a cantar la megaestrella que mi madre adora. Yo la conozco por haber escuchado sus canciones sin parar en el equipo de audio de casa, mientras mi vieja limpia y canta a voz en cuello; en el auto, cuando la acompaño a hacer los mandados o a ir y venir de la escuela; y en cualquier lugar público, porque es el artista más popular del momento y lo pasan en todas las radios del país constantemente.

    Yo no sé si me gusta o no. Apenas soy un niño. Pero sí conozco cada una de sus letras —al menos las más populares— de principio a fin, solo de escucharlas una y otra vez.

    Mi madre me agarra de la mano y empieza a trotar conmigo rumbo a uno de los claros en las gradas —arriba y contra las puntas— para asegurar un lugar antes de que empiece el espectáculo.

    Obnubilado por las luces, el gentío y el ruido, corro a su lado intentando absorber todo lo que mis sentidos de niño logran percibir: la mano sudorosa de mi madre, el griterío de la gente anticipando el show, el olor a comida que viene de el pedregullo y el aroma de esos cigarros extraños que dan risa, que parece venir desde bien arriba, lejos de la mayoría.

    Al fin llegamos a un espacio con poca gente en los costados y nos sentamos en dos butacas vacías. Pero apenas unos segundos después, casi sin recuperar el aliento tras la odisea para llegar, saltamos de nuevo como resortes cuando la intensidad de las luces baja aún más y todo el mundo se une en un rugido anticipatorio ante la inminencia de lo que se viene.

    Mi madre grita y festeja, al igual que los más de 5.000 espectadores, cuando el telón se descubre. Detrás del mismo se alcanza a ver la figura alta y espigada, con la nariz aguileña y el pelo largo y ondulado del artista, que, micrófono en mano, se alista a cantar.

    Uno podría esperar un arranque feroz, voluminoso, aturdidor; sin embargo, el primer sonido que emana del escenario, después de unos segundos de espera —claramente calculados por la banda para aumentar la ya altísima expectativa de los presentes que no paran de rugir—, es la cálida música de una guitarra acústica, con la inconfundible introducción de Desnuda.

    Yo pensaba que el público presente no podía gritar más fuerte, pero apenas las luces del escenario se prenden lentamente para desvelar la figura de Ricardo Arjona al centro del mismo —casi en el momento justo en que empieza a cantar: “No es ninguna aberración sexual…”—, el chillido colectivo, con claro timbre femenino, fue brutal. A un nivel que no recuerdo haber escuchado nunca más en mi vida adulta, en ninguno de los cientos de conciertos a los que asistí después de ese.

    El concierto, enmarcado en su gira de presentación del disco Sin Daños a Terceros, no solo incluyó los temas de uno de los discos más famosos de Arjona hasta la actualidad, sino también varios hitazos de su discografía previa. No recuerdo el orden completo del setlist, pero sí que no faltaron temones del calibre de Mujeres, Te Conozco, Señora de las Cuatro Décadas o Historia de Taxi. Era el pop latino más acaramelado y comercial, pero para mí, a mis siete años, aquello era puro rock’n’roll.

    Conforme se encadenaban las canciones y la noche avanzaba, mi madre y yo empezábamos a preocuparnos de que no fuese a tocar EL tema, su single más famoso quizá, y sin lugar a dudas nuestro favorito: Dime Que No.

    Cuando el show entró en esa infaltable etapa de bajada, en la que el artista recorre temas nuevos más tranquilos o algunos viejos no tan conocidos, aprovechamos para ir a la plaza de comidas a por el infaltable choripán de los conciertos.

    No le habíamos dado ni un mordisco al tremendo y merecido manjar que ahora sosteníamos en nuestras manos, intentando no quemarnos ni mancharnos de mayonesa, cuando escuchamos nuevamente la guitarra acústica del comienzo y la voz de Arjona advirtiendo melosamente: “Si me dices que sí, piénsalo dos veces…”.

    Automáticamente, y junto a los otros pocos que habían calculado mal el timing de la cena, corrimos rumbo al escenario. No llegamos a nuestros asientos y nos quedamos en la pasada para gozar el tema, que ahora todo el Teatro de Verano, parado, agitaba y cantaba a voz en cuello.

    Vi al Indio Solari gritar “No lo soñéeeeee” tres veces frente a más de 100.000 personas; a Marky Ramone destrozar la batería dentro de un club atestado de gente al ritmo de Blitzkrieg Bop; a un Axl Rose gordo pero lleno de magia chillar “Oooooh-ooooh sweet child o’ mine”; y a mi ídolo de la infancia, Steven Tyler, con las cuerdas vocales recién operadas, hacer retumbar las paredes del Estadio Centenario contándole a todos sobre el Dude que se ve como una chica. Pero creo que ver a Ricardo Arjona aullar “Dimee que noooo” al inicio del estribillo aquella noche en el Teatro de Verano fue lo más cool que recuerde en todos mis años de recitales.

    Tras los agradecimientos de rigor y el pedido reiterado de la multitud por un bis que nunca llegó, las luces del lugar se encendieron. Ya pasada la medianoche, salimos del Teatro de Verano con mi madre en busca del Kia color rojo donde mi viejo nos estaba esperando —una tarea difícil, debido a la cantidad de gente abandonando el lugar a la vez.

    Por fin allá lo vimos, estacionado sobre la rambla, esperándonos leyendo un libro, y emprendimos la vuelta a casa. Y ahí se dio otra escena de puro rock’n’roll: una acalorada discusión entre mi madre, que alegando la hora sugería que faltara a clase al día siguiente, y mi padre, en su rol más estricto, consideraba tal sugerencia inadmisible, alegando que la educación era lo primero.

    No recuerdo qué pasó a la mañana siguiente, y poco me importaba todo aquel barullo viniendo del asiento delantero, porque yo, con los oídos todavía zumbando y una sonrisa de oreja a oreja, no podía parar de pensar en lo tremendo de la experiencia que acababa de vivir.

  • Bola Maluca

    Rua do Catete, Rio de Janeiro

    ‘¡Bola maluca! bo-la maluca. ¡Bola maluca! bo-la maluca’. Entre el ruido y el caos habitual de la Rua do Catete, identifico este como un sonido nuevo. Si bien la zona está usualmente tomada por vendedores ambulantes, bocinas y el murmullo constante de gente yendo y viniendo, recordaría un pregón tan particular (¿qué es siquiera esa bola loca que ofrece?). Y sin lugar a dudas recordaría al personaje que la vende: alto, espigado, con el pelo largo y blanco, atado en una cola que sale por la parte trasera de un gorro de visera rojo. Pregona en ráfagas intensas pero agudas: ‘BOLA MALUCA, BO-LA MALUCA! BOLA MALUCA, BO-LA MALUCA!’. No llego a ver bien qué es, pero parece algún tipo de juguete. Me detendría a observar mejor, pero no quiero generar la ilusión de una posible compra, aunque sea por 5 reales.

    Metros más adelante, casi llegando al Largo do Machado, está la zona de los vendedores de fruta. Desde la última vez mejoraron: ahora, además de la fruta literalmente recién sacada de la tierra, venden bandejas de plástico con el producto ya cortado y envasado. Hago un marcador mental para pasar más tarde, camino al apartamento.

    Vuelvo hacia atrás antes de llegar a la plaza y atravieso de nuevo los gritos de “¡BOLA MALUCA! BO-LA MALUCA!”. Frente a la sede del Banco do Brasil, veo que está terminando de armar su puesto el crackudo das artes. A falta de un nombre mejor, me fue presentado así en el pasado por quien me llevó a esta zona por primera vez. El apodo claramente responde a su incuestionable condición de adicto al crack, y a su oferta de productos, todos vinculados al arte.

    En la “tienda principal”, un puesto armado contra la calle, hay dos cajones de fruta llenos de discos de vinilo. Al lado, una magra colección de libros, porque la gran mayoría están a escasos metros, al otro lado de la vereda, organizados sobre una manta blanca recostada contra la pared del banco.

    Parece haber cierto orden, empezando por las novelas. Las más destacadas son una colección de bolsillo de Agatha Christie, lo cual dice bastante del resto de la oferta. Luego, los libros de texto: Sociología Básica, Inmunología Básica, Metodología Científica y varios otros.

    Rumbeando a la sección “religión” (la más amplia, quizás), uno de los de la transición captura mi atención. No solo por su cubierta —una bota de cuero larguísima al lado de la cual un hombre diminuto ofrece una rosa a modo de tributo— sino por el título: Por que os homens amam as mulheres poderosas?. No sabía que así era, pero medito comprarlo solo para saber la respuesta. O Mongolismo: tratamento da criança de cérebro lesado. Durísimo. Y anacrónico: el término ‘mongolismo’ es casi tan obsoleto como la frenología.

    Sigo, con la vista bajando rua abajo y me doy de lleno con la sección religiosa: O nome de Jesus, Jesus: o maior psicólogo que já existiu, Vivendo no Mundo dos Espíritos, y varios más. Y, confirmando la existencia de un orden preestablecido —o una coincidencia propia de un mundo espiritual—, la sección multimedia se anexa a la de libros con una colección de misas del Papa Juan Pablo II en DVD.

    Ya sobre el final, casi en la entrada del banco, aparece una sucesión de blockbusters pirateados de principios de los 2000: Os Infiltrados, Guerra dos Mundos, A Era do Gelo 2, Homem-Aranha 2, e ainda mais.

    Cruzo y continúo la subida, a contrapelo de la popular avenida bautizada en honor al Palacio do Catete —antigua sede de la presidencia de Brasil—, en uno de cuyos cuartos del tercer piso el entonces presidente Getúlio Vargas se quitó la vida de un disparo al corazón, cuando corría el año 1954 y el país estaba sumido en una crisis política que lo tenía al borde de un golpe de Estado.

    Frente al Catete Grill and Sushi, un self-service bastante chic, veo al mismo señor de siempre: un veterano sentado sobre una manta roñosa, en una extraña pose producto de algún defecto congénito, hablando con todos y con nadie, pidiéndole cosas a los transeúntes que pasan frente a su campo de visión. Muchos lo ignoran; otros, al menos, niegan con la cabeza. Las constantes negativas no merman la intensidad de sus pedidos. No tiene mucha cosa más para hacer. Me pregunto dónde pasará las noches, porque, como si fuese un trabajo con horario fijo, solo se lo ve entre las 8 o 9 de la mañana y la puesta del sol.

    Estaba en el mismo lugar cuando solía caminar esta calle casi a diario para ir desde mi antiguo apartamento —una cuadra abajo de Largo do Machado— hasta el gimnasio, justo en la esquina siguiente a donde el señor pide a diario, hace prácticamente un año. Nada cambió, ni para bien ni para mal: se lo ve igual. Ni más flaco, ni más gordo. Ni más sano, ni más enfermo. Ni más cuerdo, ni más loco. Supongo que, en un caso así, la invariabilidad es algo positivo.

    Perdido en un diálogo con alguien que ya pasó, o que nunca existió, no se da cuenta de que le estoy alcanzando un billete de dos reales. “Chefe”, lo llamo, y le entrego el papel en la mano —no sin cierta dificultad, producto del trastorno que lo aqueja, y que vuelve el simple gesto de agarrar todo un reto. “¡Oi! ¡Você é legal!”, me grita mientras me alejo, calle arriba.

    Llegando casi a la estación de metro —y de hecho, recostado contra una de sus bocas de ventilación— hay otro puesto improvisado de cosas viejas, custodiado por un moreno y su perro, atado a un árbol con una cuerda. El tipo siempre tiene puesta una camiseta del Flamengo con el número 11 en la espalda y el nombre de Lucas Paquetá, aunque por el desgaste apenas se lee Las Pquea en blanco, mientras que las letras faltantes se adivinan por el contorno negro donde antes estaban pegadas. Si no me falla la memoria, la última temporada que Paquetá jugó en el Mengão fue la de 2018.

    El highlight del puesto del flamenguista es una colección de calzado viejo y en mal estado. Apostados sobre una manta azul, los distintos pares parecen una suerte de exposición de objetos recolectados a lo largo y ancho de la ciudad, con la esperanza de que caiga algún real por alguno de ellos, ya sea por caridad o por necesidad. Es difícil imaginar a alguien usando esas sandalias o botines de fútbol, prácticamente inservibles. Completan el inventario una muñeca de plástico vieja y desnuda, tres Papá Noel de peluche, y un espejo sucio —pero sin rayones ni roturas— apoyado contra un cartel publicitario. Está angulado de tal forma que refleja a todos los que por allí caminan, y varios lo aprovechan para mirarse de reojo, el abajo firmante incluido.

    Un hombre de mediana edad, bien vestido y con pinta de oficinista, pasa en una de las bicicletas públicas del Banco Itaú y lo saluda al grito de “¡Fala aí, Mengão!”, que es recibido con una mano en alto por el tendero.

    Detrás del árbol donde duerme el perro, veo una manta donde seguramente el tipo pase la noche, luego de “cerrar” el puesto. Al costado, en otra manta similar y en posición cucharita, duerme una pareja. El grito del ciclista despierta a la mujer, que se incorpora y deja ver un pecho plagado de marcas circulares, como si fuesen picaduras de bichos. Se rasca las rastas —difícil saber si son intencionales o simplemente producto de la falta de higiene— y sale a caminar calle abajo.

    Cruzo una vez más hacia el lado de enfrente y, en un lanchonete, me arrimo a la barra y pido un cafezão puro y un salgado. La chica, muy amablemente, me señala hacia el interior del local, donde hay varias mesas —todas vacías— y me sugiere sentarme en una de ellas. Le agradezco, pero prefiero el banco contra la calle, para poder seguir de cerca el movimiento de la rua.

    Devoro el salgado mixto y me entretengo con el café, bastante aguado, aunque ya estaba preparado para semejante revés al verlo salir de una cafetera industrial bien grande. Mientras demoro los últimos sorbos, veo a la mujer que observé despertarse hace instantes caminar calle arriba. Trae un tupperware lleno de noodles secos, espolvoreados con trozos de linguiça. Me mira, sigue de largo, y a los pocos segundos vuelve. Señala la vidriera llena de comida y se toca la panza con una mano, para luego llevarla a la boca haciendo la pantomima de comer, a modo de pedido. Siguiendo el intercambio de gestos, le respondo llevando la pera hacia adelante, apuntando al tupper que tiene en la mano. “Não é suficiente, somos três”. Levanto las palmas hacia arriba, en gesto de negación, y sigue su camino como si la interacción nunca hubiese ocurrido.

    Me es imposible no reflexionar sobre lo poco que ha cambiado toda esa zona desde la última vez que la caminé. La única novedad: el veterano de la bola maluca.

    Vuelvo a casa. Medito. Lo pongo todo por escrito. Pienso en el mito de Sísifo. El rey griego que, castigado por Zeus por haber engañado a la muerte, es condenado a empujar una piedra cuesta arriba por una montaña, solo para verla rodar hacia abajo antes de llegar a la cima. Y así, una y otra vez, por toda la eternidad.

    A diferencia de Camus y su imagen de un Sísifo sonriente, con el corazón lleno, me cuesta pensar que tal condena tenga un lado productivo. Al llegar a la cima de la colina, Sísifo disfruta de la vista por un instante y, sonriente, desafiante, tras ese breve relámpago de libertad, vuelve al comienzo, a continuar con su absurdo destino ad aeternum.

    ¿Será el flamenguista feliz cuando cierra el puesto al caer la noche y se prepara para empujar la piedra nuevamente hasta la cima, trillando la noche carioca en busca de nuevos zapatos perdidos que agregar a su colección? Me cuesta creer que la satisfacción vaya más allá del producto de ese esfuerzo: un hit de crack, consumido en algún rincón oscuro y mugriento de Lapa. ¿Y qué forma toma la libertad del señor que pide frente al sushi? ¿Dónde está su rebelión contra el absurdo? ¿En las horas de sueño que encuentra en algún recoveco de Catete, cuando el tránsito le permite dormir?

    Todo sería mucho más fácil de analizar si pudiera reflexionar desde la distancia, como un observador externo. Pero no. Porque al ver mi reflejo en el espejo de la tienda del flamenguista, un año después, casi con la misma ropa, por la misma calle, yendo a los mismos lugares, tomo conciencia —aunque sea por un instante— de mi propio andar colina arriba. Tal vez, solo con ese instante, ya esté logrando la iluminación de la que hablaba Camus. Y con eso, el escape. Espero que todos los personajes mencionados hayan encontrado alguna forma de esa misma “dicha”. El hecho de que sigan empujando la piedra, día tras día, tras verla rodar colina abajo cada noche, da esperanza de que sí.

  • Manifiesto del Aguirrismo

    Diego Aguirre cargado por hinchas de Peñarol tras la final contra América de Cali – Santiago, 1987

    La historia de Peñarol está llena de momentos épicos, gloriosos, en los que aparece de la nada un gol milagroso, inesperado (a veces hay que decirlo, hasta inmerecido) y una narrativa que parecía decantada para un lado termina con los once de amarillo y negro festejando el titulo.

    Pocos momentos reflejan más fielmente lo que significa ganar a lo Peñarol (una idea que luego fue copiada y reeditada por diversos clubes del mundo) que el gol que Diego Aguirre le hace al América de Cali en la final de la Copa Libertadores de 1987.

    Para poner en contexto a quienes quizás no estén al tanto: en aquella época, las finales de la Libertadores se jugaban ida y vuelta, con un posible tercer partido de desempate si tras los dos iniciales los equipos no se sacaban ventaja. La edición del 87 enfrentaba al Peñarol del ‘Maestro’ Tabárez contra un América de Cali bicampeón en Colombia y plagado de figuras. La ida fue 2 a 0 para los locales en Cali, y la vuelta, una semana después, 2 a 1 para Peñarol en Montevideo, por lo que hubo que jugar un tercer partido de desempate, el 31 de octubre de 1987.

    La diferencia de gol era favorable al conjunto caleño, por lo que, tras noventa minutos de partido y dos ‘chicos’ de quince minutos de alargue, el marcador seguía 0 a 0 y todo hacía indicar que la copa se iba —por primera vez en la historia— a Colombia. Con todos los jugadores colombianos pidiendo la hora —y algunos ya festejando—, y hasta miembros del cuerpo técnico pateando pelotas hacia adentro de la cancha para forzar al juez a detener la jugada, en una exhalación y casi sin saber muy bien cómo, un joven Diego Aguirre se filtra entre la defensa ‘escarlata’ (viendo la repetición, casi parece que desaparece y aparece detrás del marcador de punta) y, con un remate raso y cruzado, vence la valla custodiada por el argentino Julio César Falcioni para poner, literalmente en el último segundo del partido, el 1 a 0 que le daba a Peñarol su quinta Copa Libertadores de América. Fue tras aquella hazaña que la revista deportiva argentina El Gráfico lanzó su icónica portada: “Peñarol de los milagros”.

    Aguirre, que por aquel entonces era un simple actor de reparto en un Peñarol con buenos nombres propios, recibe tras su agónico gol una oferta irrechazable del gigante griego Olympiakos, y emigra. No sin cierta congoja, y confesando que no entraba en sus planes dejar a los carboneros, pero admitiendo que la oferta era demasiado buena desde lo económico para dejarla pasar, como quedó registrado en un video recientemente recuperado y viralizado en redes, en el que la ‘Fiera’ es entrevistada en el aeropuerto de Carrasco, previo a su partida a Grecia.

    Lamentablemente, no había nacido en el 87’, por lo que mi relato sobre aquel épico momento se basa en los videos que he visto una y otra vez, cuando preciso un poco de inspiración y un empujoncito para sacar adelante algún día medio jodido.

    Tampoco tengo memoria de la vuelta de Aguirre a Peñarol cuatro años después, en el 92’ (el mundo fútbol empezó para mí en el 98’, como conté en este artículo), pero sí para acordarme de todo lo que implicó el regreso de la Fiera a Peñarol, esta vez como técnico, en el año 2003.

    En lo personal, recuerdo que fue el primer Campeonato Uruguayo después de la muerte de mi abuelo. Empecé a ir a la cancha con él y con mi vieja el 30 de agosto de 1998 (como se lee en tinta amarilla y negra, ya medio borroneada, en mi muñeca), y esa temporada fue la primera que nos vimos mano a mano con mi madre ante el reto de ver al ‘manya’ con una butaca vacía al lado nuestro.

    En lo futbolístico, todos los ojos estaban puestos —más que en el retorno de uno de los grandes ídolos recientes del club, esta vez como DT— en la figura de José Luis Chilavert, histórico arquero paraguayo, que había llegado al club en una inédita maniobra presidencial del Cr. Damiani.

    Además de su controvertida personalidad, Chilavert ostentaba por aquel entonces el récord de ser el golero más goleador de la historia (siendo superado por el brasileño Rogério Ceni años después), y la polémica estaba instalada desde el día uno: ¿quién debía patear los tiros libres, el paraguayo o el actual capitán e ídolo de Peñarol, Pablo Javier ‘El Profesor’ Bengoechea?

    El debate no fue tal para un Aguirre que hacía sus primeras armas como técnico, tras un breve pasaje por Plaza Colonia, y que desde el primer momento no solo adjudicó la responsabilidad de las pelotas quietas a Chilavert, sino que, en una movida sorprendente para todos, comenzó a relegar al ‘Profe’ Bengoechea a un rol más secundario, haciéndolo entrar desde el banco en varias ocasiones. Algo impensado para una figura tan gigante como la del ‘10’, que si bien ya estaba en sus últimos años y bastante lejos de su mejor nivel, seguía siendo el jugador más querido por la hinchada.

    Obviamente, el gesto no pasó desapercibido ni para el grueso de la parcialidad carbonera, ni para la prensa carroñera (la «prensa blanca», como se le dice hoy en día), que acusaba a Aguirre de querer retirar al ‘Profe’. Algunos incluso apuntaban a una supuesta guerra de egos entre los dos ídolos más recientes de la historia del club más grande del país.

    El Apertura lo ganó Nacional, con una ventaja de seis puntos sobre el Peñarol de Aguirre, cuya figura tambaleaba. Pero el Clausura fue dominado de punta a punta por los carboneros, forzando una final clásica contra el tradicional rival.

    Así fue que, tras un tiro libre de Chilavert en la última jugada del primer tiempo, Jorge Bava da rebote y Joe Emerson Bizera se tira en ‘palomita’ para mandarla al fondo de la red y decretar el 1 a 0 final que le daba a Peñarol su Campeonato Uruguayo número 45, y a Aguirre su primer título como técnico. Recuerdo la vuelta a casa hasta El Pinar desde el Centenario con mi vieja manejando a pura bocina y una marea de hinchas carboneros saliendo a la calle a festejar el título. De más está decir que, al otro día, todo ronco y enfermo de Peñarol, no fui a la escuela.

    Tras ese campeonato se retira el ‘Profe’ Bengoechea, comenzando a darle fama a Aguirre de ser un «mata-ídolos», una de las partes no tan agradables del aguirrismo, pero siempre justificadas desde lo futbolístico, y desde el rendimiento —o la falta del mismo— que un jugador da dentro del rectángulo de juego, más allá de su nombre o su popularidad. Demostraba así que, para él, lo más importante es siempre el equipo.

    Son varios los exjugadores que han vuelto a Peñarol en forma de técnicos, con mayor o menor suceso. Y el caso de Aguirre podría haber sido uno más de tantos, si no fuese por —lo que a mi entender es— su máxima gesta como entrenador: devolver a Peñarol a la discusión continental en 2011, llevándolo a una final de Copa Libertadores después de 24 años (la última había sido aquella que se definió con un gol suyo), y emparentando así su imagen con la de la Gloria Eterna, como marketineramente llaman en Conmebol al máximo trofeo continental.

    Las bases de aquella hazaña se habían formado un año antes, con el segundo Campeonato Uruguayo ganado por Aguirre. Había vuelto al club tras cuatro años de un recorrido internacional no del todo exitoso, que incluyó incluso un pasaje por la selección uruguaya sub-20.

    Si bien aquel Peñarol campeón tenía ciertos nombres interesantes —como el ‘Cacha’ Arévalo Ríos, que de los festejos se fue directo a la concentración de la selección previa a Sudáfrica 2010; el juvenil Gastón Ramírez, que empezaba a dejar pinceladas de un talento que lo llevaría a tener una carrera de 13 años en Europa y disputar un Mundial y unos Juegos Olímpicos con La Celeste; y, ni que hablar, el más reciente ídolo de la historia carbonera, el ‘Tony’ Pacheco (quien una vez más comenzaba, lentamente, a perder pie con Aguirre en el banco, reavivando el runrún del ‘mata-ídolos’)—, los refuerzos que se trajeron para hacer frente a la Copa del 2011 no parecían, al menos en el arranque, demasiado prometedores

    En el arco se apostó por Fabián Carini, que tras una laureada carrera en Europa y varios años en la selección, volvía a Uruguay, pero que a los pocos partidos terminó perdiendo el puesto con el Seba Sosa, golero del Peñarol campeón del año anterior y que demostró estar mucho más vigente. En el centro del campo, y tras la ida del ‘Cacha’ Arévalo Ríos luego de un gran Mundial, se optó por un tal Luis Aguiar, que venía de años jugando en equipos de poca monta en Europa, y por un ignoto Nicolás Freitas, que tras debutar en Bella Vista estaba en el Everton de Viña del Mar. En ofensiva, además de Matías Mier, juvenil de Fénix, el gran fichaje era el del ex-Danubio Juan Manuel Olivera, que pegaba la vuelta a Uruguay tras jugar en Argentina, Chile, Paraguay, Corea del Sur, China y Arabia Saudí.

    Y es acá donde una de las grandes aristas del ‘Aguirrismo’ comienza a tomar forma: la de potenciar los recursos al máximo, haciendo que todas las piezas del engranaje den su mejor rendimiento.

    De aquel Peñarol finalista, que casi sale de memoria para cualquier manya de ley, cuesta encontrar un jugador que no haya dado su mejor versión en ese histórico 2011. El caso del ‘Negro’ Martinuccio es quizás el más ejemplificador de esto: llegó al carbonero un año antes, procedente del ascenso argentino, y en aquella Copa fue de los jugadores más desequilibrantes del continente. Luego, tras la partida de Aguirre, volvió al total ostracismo y no volvió a destacar nunca más a un nivel siquiera similar en ninguno de sus otros clubes.

    Repasando aquel plantel nombre por nombre, me atrevería a decir que el único que no dio su pico máximo de rendimiento bajo la égida de Aguirre fue Darío Rodríguez (capitán por aquel entonces), que venía de jugar seis años en el Schalke 04 alemán. Obviamente, lo que hizo en aquel 2011 fue épico, pero ya había tenido picos altísimos previamente en su carrera. Todos los demás llegaron a su mejor versión durante ese año.

    Tras el primer partido de aquella Copa, un durísimo 0-3 contra Independiente, una vez más un Aguirre con una espalda no tan ancha empezaba a ser cuestionado. Lo cierto es que, al finalizar la fase de grupos, con tan solo 9 puntos y casi sin darnos cuenta, estábamos nuevamente en el cuadro de definición de una Copa Libertadores.

    Sin embargo, el sorteo de octavos nos emparejó con el Inter de Porto Alegre, vigente campeón y plagado de figuras, por lo que todo hacía indicar que había sido una buena Copa, con una inesperada clasificación a la siguiente ronda, pero que la suerte se había quedado ahí. Cuando, tras un 1-1 en Montevideo, nos fuimos al entretiempo 0-1 abajo en Brasil, creo que todos los manyas estábamos resignados. “Salgan a escribir su propia historia”, se dice que fueron las palabras de Aguirre en el vestuario del Beira-Rio aquella noche. Y así fue: el ‘Negro’ Martinuccio metió una de sus diagonales endiabladas en la primera jugada —literal— del segundo tiempo para poner el empate, y minutos después, tras una corrida tremenda de Aguiar por izquierda, un cocazo del ‘Flaco’ Olivera puso el 2-1 definitivo. Sin saber bien cómo, y ante un estadio todo pintado de colorado en mute, Peñarol estaba, una vez más, entre los ocho mejores del continente.

    No quiero dejar afuera nada, pero tampoco extenderme mucho, por lo que tengo que resumir el resto de esa Copa en lágrimas. Lágrimas que no hacen más que hablar de la emocionalidad que generó ese Peñarol, cimentado por la figura de Aguirre y su camisa celeste al costado de la cancha. Las lágrimas que caían a torrentes de los ojos del ‘Mata’, amigo de la banda por aquel entonces, que tras el 2-0 en Montevideo contra Universidad Católica en cuartos de final, colgado de una vertical, miraba al cielo y se mordía los labios sin poder parar de llorar. O las de media tribuna en el Amalfitani, donde tuve el honor de estar presente luego de un desembolso irresponsable de plata que tenía ahorrada para irme a Nueva Zelanda el año siguiente, pero que valió cada peso gastado, cuando el ‘Tanque’ Silva erró el penal que le hubiera dado la clasificación al Vélez de Gareca y compañía, pero que, tras un oportuno resbalón al ejecutar, mandó la pelota justo hacia donde estábamos los más de 5.000 enfermos de Peñarol que no podíamos creer que íbamos a jugar otra final de Copa Libertadores.

    Y, finalmente, las lágrimas propias tras caer 1-2 contra el Santos en Vila-Belmiro y ver el sueño de la Libertadores hacerse pedazos de la forma más cruel, pero a la vez entendible, cuando un equipo con un Neymar recién saliendo de América (que debió ser expulsado a los 38’ de la vuelta por un terrible planchazo a Alejandro González que lo sacó del partido). Lágrimas de tristeza que fueron prontamente cambiadas por lágrimas de rabia al escuchar al vecino de enfrente tirar bombas brasileras para festejar la derrota. Lo que vino después es mejor ni recordarlo, pero fue lo más cercano a una escena de Policías en acción que me tocó vivir: patrullero, piñas y amenazas de muerte incluidas.

    Aguirre, pese a lo que esperaban todos, siguió en Peñarol tras la final perdida, pero no duró mucho y aceptó una oferta de Medio Oriente por un montón de dinero en el medio del Apertura siguiente, tras un empate 0 a 0 en Melo. Los que hicimos el viaje hasta el norte del país fuimos testigos del famoso ‘episodio de los colchones’, donde tras una lluvia terrible, los cancheros locales intentaron secar partes del pasto usando colchones viejos, para que absorbieran el agua. Demás está decir que no funcionó, y que Emiliano Albín, en los noventa minutos de partido, no fue capaz de entender que por la franja derecha de la cancha no podía conducir la pelota, siendo marcado por los charcos una y otra vez.

    Esa salida de Aguirre, a mitad de campeonato, fue un pecado imperdonable para una gran parte de la hinchada, que seguramente, si venía un empleador a ofrecerles diez veces lo que ganan por un año de contrato en otra parte del mundo, se quedarían en el trabajo que actualmente tienen, ‘por amor a los colores’. Y ojo, puede que no haya sido un gesto simpático, sobre todo por el timing (creo que si se hubiese ido justo después de la final, nadie hubiese dicho nada), pero después del campeonato uruguayo del 2010 y la tremenda Copa Libertadores del 2011, creo que hacerle la cruz a ‘el Hombre’ por aceptar una oferta de trabajo tan superior es injusto e hipócrita. Pero el hincha de Peñarol puede ser así: de poca memoria, cortoplacista y bastante termo, y una vez más, la prensa blanca no ayudó, instalando narrativas y torciendo la cancha para convertir, de repente, al tipo que le devolvió al pueblo carbonero el permiso de ilusionarse, en un ‘pesetero’, además de ‘mata ídolos’, ‘suertudo’ y no sé qué más.

    Llamar a Aguirre «suertudo» (o «culón») fue siempre un artilugio de los de la vereda de enfrente —y de su prensa mandadera— para explicar las gestas internacionales de los equipos de la Fiera. La hinchada carbonera, en cambio, prefiere hablar de aura, ese inexplicable «no-sé-qué» que Diego Aguirre transmite a sus jugadores y que los empuja a lograr lo imposible. Es histórica su respuesta a un periodista de Subrayado, ya en el avión de vuelta de Santiago tras clasificar a semifinales en 2011, cuando le preguntaron qué tenía para decirle a los que decían que tenía mucha suerte. Aguirre, con una sonrisa cómplice, pensó unos segundos y respondió: “Mañana a las tres y media de la tarde empiezo a entrenar la suerte”.

    Así fue que, tras aquella presurosa salida, durante varios años la Fiera rondó por distintos equipos del mundo. Primero Qatar, sí, pero luego volvió al continente para dirigir a grandes cuadros como el mismo Inter que había eliminado años antes, San Lorenzo, Cruz Azul u Olimpia, entre otros, hasta su último pasaje por el mismísimo Santos que nos había arrebatado la Copa doce años antes. Ahora, ese mismo Santos cerraba el periplo internacional de Diego Vicente Aguirre, que el 21 de noviembre de 2023, volvía a casa.

    En ninguno de los equipos que dirigió en esos doce años tuvo el mismo éxito que al mando de Peñarol, y ninguno de los técnicos que dirigieron a Peñarol en ese tiempo logró ilusionar al pueblo carbonero como lo hizo Diego Aguirre.

    Sí, tuvimos una muy buena Copa Sudamericana en pandemia con Mauricio Larriera en el banco (con eliminación a nuestro tradicional rival en octavos incluida), pero, aun así, aquel Peñarol no tenía la impronta épica del de 2011. Y, sobre todo, no tenía al hombre de la camisa celeste al costado de la línea de cal (todo bien, Mauri, pero las cosas como son).

    Era imposible que cada vez que se fuera un técnico de Peñarol (cosa más frecuente de lo que sería bueno, hay que admitir) no sonara el nombre de Diego Aguirre. Pero la respuesta siempre era la misma: “todavía no, en algún momento”.

    Figura siempre vinculada al Damianismo, fue la gran carta electoral de Damiani hijo cuando quiso volver a la presidencia en 2020. Pero el triunfo de ‘Nacho’ Ruglio parecía alejarlo del club una vez más, para tristeza de varios, incluida la mía.

    Sin embargo, tras su mal pasaje por Santos y una serie de desafortunadas apuestas en el banco de Peñarol por parte del nuevo presidente Ruglio (el ‘bombero’ Leo Ramos, Alfredo Arias —de gran campaña local pero terrible en lo internacional—, y una fallida apuesta por un novel Darío Rodríguez en versión entrenador), las diferencias políticas quedaron de lado y Aguirre selló su vínculo con el club de su vida para iniciar su tercera etapa al frente de los carboneros.

    Le tocó un Peñarol de capa caída que, tras ganar el Apertura y clasificarse a la final, venía de un terrible Clausura y debía definir el Uruguayo contra Liverpool, hasta entonces sin ningún título en su palmarés.

    Creo que Aguirre aceptó el cargo en aquel momento no solo por extrañar estar al frente de Peñarol, sino porque pensó que, al tener una final asegurada contra Liverpool, era altamente probable sumar un campeonato uruguayo más a su historial. Lamentablemente, en el poco tiempo de trabajo que tuvo no logró revertir la dinámica negativa en la que estaba el equipo, y perdió las finales del Uruguayo contra los ‘cuchilleros’.

    Y una vez más: la narrativa instalada, los buitres buscando carroña y un técnico, con una espalda gigantesca, cuestionado por no haber podido ganarle una final al ‘virgen’ Liverpool de Belvedere.

    Esta vez la cizaña no venía tan solo de la prensa blanca, sino que una interna política —siempre difícil en el Mundo Peñarol— mostraba a oficialismo y oposición constantemente enfrentados, en una guerra mediática permanente.

    Fue la figura de Aguirre, aglutinante en el club —al menos para quienes de verdad piensan, y no solo sienten y alientan— la que logró traer cierta paz y unidad. Esto se apuntaló con un asado de camaradería organizado por el propio técnico entre los principales dirigentes, previo al arranque de la temporada 2024.

    Como dije anteriormente, se suele malinterpretar el aguirrismo con el ‘matar ídolos’, acusando a la Fiera de haber ‘retirado’ (entre comillas, porque ya estaba al borde de hacerlo él mismo) a Bengoechea y de haber ‘echado’ al Tony (también entre comillas, porque su contrato vencía y él simplemente no lo renovó, haciendo uso pleno de sus facultades como entrenador). Pero detrás de ambos actos, lo que subyace —a mi entender— es la voluntad de priorizar siempre los intereses del equipo. Y el ‘asado de la paz’ es un gesto que da muestras de eso mismo. Es bien sabido que en una interna política caldeada (Peñarol nunca fue campeón uruguayo en año electoral), es imposible para el equipo rendir a su máximo nivel, ya que los dirigentes de la oposición —sea del partido que sea— van a querer exaltar los puntos negativos de la gestión, y muchas veces los que terminan cobrando de costado son los jugadores (‘¿Cómo vas a votar a Fulanito si trajo a Menganito, que no está rindiendo? ¿No ven que no puede ser presidente de un club como Peñarol?’).

    No obstante, la final perdida con Liverpool había hecho mella en la figura del técnico. No es nuevo para nadie: si en Peñarol no sos campeón uruguayo, todo se pone bajo lupa, incluso el ídolo más grande de la historia reciente del club.

    Una vez más, el comienzo en la Copa Libertadores, como en aquel 2011, fue durísimo: 0-1 contra Rosario Central. No se jugó del todo mal, pero tampoco ellos hicieron mucho para merecerlo. El plantel volvió de Rosario rodeado de dudas, con molestias del hincha hacia tal o cual jugador, la figura del DT más en tela de juicio que nunca, y Maxi Olivera con un ojo destrozado, producto de una pedrada lanzada por un hincha ‘canalla’ (nunca mejor utilizado su apodo). Una noche negra, que vio a la policía local ser cómplice del abuso y de la negligencia, y que no terminó con algún hincha de Peñarol muerto tras un terrible operativo de seguridad, de puro milagro.

    Pero el aura de Aguirre —juro que me cuesta entender que algunos manyas le sigan llamando ‘culo’— hizo que, ganando los partidos clave, pasáramos la fase de grupos por primera vez en 13 años. Sí, la anterior había sido la del 2011, con el mismo protagonista tras la línea de cal.

    A diferencia de aquel 2011, donde el sorteo nos deparó un rival ‘accesible’ en cuartos (aquella vez fue la Universidad de Chile), en la edición del 2024 el ‘fácil’ fue en octavos: el boliviano The Strongest. Y aunque su nombre resulte simpático y no contaran con figuras destacadas, implicaban un viaje a los 3.700 metros de La Paz, donde se definía la llave. Poco importó la vuelta, porque el trámite quedó prácticamente liquidado en Montevideo tras un rotundo 4-0.

    Y, al igual que en 2011, se nos cruza en el camino el gran candidato al título: el todopoderoso Flamengo, con el presupuesto más alto de la Copa… apenas unos 300 millones más que el de nuestro modesto Peñarol.

    Es ahora, una vez más, donde se empiezan a mezclar los datos objetivos con las experiencias personales. Y es inevitable mencionar que cuando le ganamos al Fla 1-0 con el ‘Cangrejazo’ de Cabrera, yo fui al mítico Maracaná desde mi casa —por aquel entonces— en Río, donde estaba viviendo.

    Y cuando, tras empatar 0 a 0 en Montevideo, clasificamos una vez más a semifinales de Copa Libertadores —de la mano de Diego Vicente—, nos tocó otro equipo de Río de Janeiro, era imposible no mirar hacia arriba, como hacía el ‘Mata’ en aquel 2011 colgado de la vertical, y preguntarse si no hay algo allá arriba que va llevando la narrativa de nuestra vida a su antojo.

    El cachetazo de realidad vino una fase antes esta vez, cuando Botafogo nos metió cinco goles en básicamente 20 minutos, e hizo que la vuelta en Montevideo, pese a la ilusión inevitable, inexplicable e inentendible para cualquiera que no fuese hincha de Peñarol, fuese un mero trámite. No sé qué onda todos los manyas que llenaron el Centenario aquella noche, pero a mí me fue imposible no quebrarme al grito pelado de “Acá está la famosa banda de Peñarol, la que va a todas partes, la que llora por vos”, en uno de los recibimientos más increíbles que recuerde en mi vida, solo a la altura del de la semifinal contra Vélez en 2011 (porque el de la final contra Santos aquel año, por ser tan masivo, careció de colorido).

    Durante el proceso del ‘Maestro’ Tabárez como técnico de Uruguay desde el 2006 al 2022, se hizo popular la frase de “el camino es la recompensa”. Siempre la critiqué por considerarla conformista, incluso mediocre. Pero empecé a entenderla con la Fiera Aguirre en el banco de Peñarol.

    Cabe aclarar: nunca Aguirre pronunció tales palabras. Soy yo quien vincula ese concepto con ambos casos. Con Tabárez no me cerraba del todo la idea de disfrutar el camino, porque la recompensa material —el trofeo— casi nunca llegaba (más allá de aquella Copa América ganada en 2011). Pero con Aguirre, ser campeón uruguayo es casi una costumbre (de cuatro que dirigió, ganó tres). Y en la Libertadores… bueno, ahí sí: tal vez el camino sea la recompensa. Y eso es todo a lo que podemos aspirar en un fútbol altamente monetizado, capitalista y desigual, donde la pierna izquierda de un jugador de cualquier equipo brasileño vale más que todo el equipo titular de Peñarol.

    La Copa Libertadores siempre genera ilusión en el hincha carbonero, a veces sin mucho fundamento lógico, pero ese intervalo entre 2011 y el 2024 fue bastante oscuro. Ver a Peñarol en competencias internacionales se había vuelto más bien sinónimo de resignación.

    Sin embargo, cuando Aguirre está en el banco, hay algo que recorre lo más visceral del pueblo carbonero. Ese sentimiento nos dice que capaz, esta vez sí, se alinean los astros y se puede dar el batacazo. Que, en una de esas, no siempre la plata manda, y si se juega con todo el corazón, se da lo máximo de uno mismo, se sale a «escribir su propia historia» después de «trabajar la suerte» a diario, los presupuestos pasan a un segundo plano. Frente a frente con quien sea, somos once contra once, y esto es fútbol. Meter pata, mucho huevo, después vemos…

    No sé qué pasará en esta Copa. Capaz nos comemos cinco en Cochabamba en el próximo partido contra Bulo-Bulo, perdemos con Olimpia y Vélez de locales, y se acaba todo, incluida “la mística” de Aguirre (para unos cuantos, para mí siempre va a existir). O capaz que rescatamos algún punto por acá y por allá y terminamos en Copa Sudamericana, un torneo que nunca dirigió la Fiera, y que en una de esas, al bajar el nivel de la oposición, se convierte en la Copa internacional que podemos aspirar a ganar. O, en una de esas, y una vez más, la Fiera y sus jugadores dan su mejor versión, y sin darnos cuenta estamos en octavos de final, otra vez.

    Independientemente de lo que pase, lo importante es que la ilusión, al menos en mi caso, cuando veo a Aguirre en el banco, en la conferencia de prensa y ahora en las redes sociales del club, siempre está viva. Y más allá de la ilusión, lo que más me genera tener a Aguirre de técnico es el saber que la casa está en orden, porque no hay otro entrenador más a la medida para Peñarol que Aguirre.

    Seguramente, la Fiera a final de temporada se vaya nuevamente al exterior, a hacer más plata y buscar la gloria que le fue esquiva en sus anteriores pasajes internacionales (ya avisó algo al ser consultado sobre su futuro, diciendo que a fin de año va a pasar raya y ver). Y seguramente venga otro técnico muy capacitado para dirigir a Peñarol, y quién sabe qué nos deparará el futuro, tanto a nivel local como internacional. Lo que sí es seguro es que, cuando Aguirre se vaya del club, seguiré siendo hincha termo y maniático como siempre de Peñarol, pero siempre esperando la vuelta del Hombre. Y sé también que, mientras la Fiera esté ahí, con su camisa celeste (o camperón de abrigo, ahora que hace frío) al costado de la línea de cal, voy a disfrutar cada partido bajo su mando, porque con él sí aprendí, a través de los muchos momentos que tuvo el 2003, 2010, 2011 o el 2024, que escapan casi que a lo real, y que te permiten soñar más allá de lo que parece posible, que el camino, a veces, sí, es la recompensa.

  • Se busca: Max Waterhouse

    Max Waterhouse

    Además de jugar al poker y entrenar a otros jugadores, junto a otros tres socios y algunos empleados, dirijo un establo.

    En el mundo del poker, un establo es una estructura donde un grupo de jugadores (los ‘caballos’) son financiados por un equipo o persona (los ‘bancadores’) a cambio de un porcentaje de las ganancias. Además de dinero para jugar, el establo provee coaching, seguimiento y apoyo técnico.

    Cuando un caballo nuevo se suma al establo, se le transfieren fondos para que pueda comenzar a jugar. Supongamos que se le envían originalmente $1.000, los pierde y solicita una recarga de otros $1.000. Ahora tiene $1.000 para jugar, y $1.000 de ‘make-up‘ (también llamado ‘memoria’ en español).

    Ese make-up representa lo que debe recuperar antes de poder ver una parte de sus ganancias. Si en su próxima sesión gana $3.000, se descuentan los $1.000 que ‘debe’, se queda con $1.000 para jugar y se reparten los $1.000 restantes según el deal que tenga con el establo. Por ejemplo, si el acuerdo es 50/50, el jugador cobra $500 y el establo los otros $500.

    Si bien todos los caballos al entrar firman un contrato, la naturaleza online e internacional de estos acuerdos hace que sea casi imposible hacerlos valer legalmente, siendo este un negocio principalmente de palabra y de reputación.

    El texto que van a leer a continuación lo escribí originalmente en inglés en un blog privado que llevo dentro del Discord del establo, luego de que uno de nuestros caballos, Max Waterhouse, acumulara un make-up de más de $20.000 y desapareciera, cortando contacto con todo el mundo y borrando su huella digital casi por completo, en Abril del 2024. Esta práctica, que denota una falta a la palabra y una carencia total de honor, es lamentablemente algo recurrente en el mundo de los establos, al estar uno tratando en la mayoría de los casos con gente en el ámbito virtual.

    Decidí traducir y compartir este texto de forma pública porque, además de tener cierto valor de entretenimiento, puede servir para que quienes no juegan al poker puedan espiar por la cerradura y ver un poco de los entretelones del ambiente. A pesar del título, no, no buscamos activamente a Max: es probable que esté de vuelta en Stoke-on-Trent viviendo con su madre y jugando online bajo otro nickname o algo de eso. Nuestra única defensa ante estas situaciones es utilizar un foro de poker público llamado TwoPlusTwo y distintos chats de bancadores y dueños de establos para alertar sobre la situación y evitar que esta gente vuelva a tener una oportunidad de bancaje en el futuro.

    Algunas palabras o expresiones específicas del mundo del poker aparecen explicadas en notas al pie, para que quienes no están familiarizados con la jerga puedan entender el relato sin problemas.

    Sin más nada que añadir, vamos a la historia…


    Cebú, Filipinas – Junio del 2024

    Bueno, hablemos sobre Max.

    Estoy en Cebú y me vine de madrugada a ver a Peñarol por Copa Uruguay (si, así de fisura soy) a uno de esos cibercafé abiertos las 24 horas donde la gente juega DOTA, LOL, PUBG y todas esas mierdas y se caga encima, o peor aún: en uno de los baños más asquerosos que vi en mi vida. El partido terminó, y me sobra un poco de tiempo por el que ya pagué, así que aprovechemos.

    La gente roba de los establos de la misma forma que Max robó del nuestro desde siempre, no es nada nuevo y lamentablemente seguirá pasando (esperemos que no en nuestro establo, pero las probabilidades dicen que sí).

    Pero como dije antes, hablar sobre su caso puede arrojar algo de luz sobre los problemas de jugar poker bancado, y todos podemos aprender alguna lección al respecto.

    Max empezó muy bien en el grupo. Ya era un buen jugador antes de unirse y parecía motivado a aprender y mejorar aún más. Si mal no recuerdo, en los primeros tres o cuatro meses jugando para nosotros, arrancó ganando como $35.000.

    Con mi socio estábamos encantados. En broma nos referíamos a él como el ‘mejor talento joven de la temporada’ ya que estaba mostrando claras señales de progreso, estudiando bastante y comunicándose fluidamente con nosotros.

    Jugar gran volumen nunca fue su fortaleza, pero comparado con otros caballos que teníamos por aquel entonces, tampoco estaba tan mal.

    Las cosas se empezaron a torcer cuando lo autorizamos a jugar límites un poco más altos, y acumuló un poco de make-up, nada del otro mundo considerando su ABI[1] y su AFS[2], pero aún así bastante grande.

    Como otro caballo me dijo una vez: cuando jugás bancado siempre tenés make-up, porque así hagas un reparto de ganancias, el siguiente torneo al que te registres ya te pone en negativo, entonces jugar con make-up es algo a lo que todo caballo debería estar acostumbrado y saber llevar.

    Mucha gente ha caído en agujeros grandes de make-up a lo largo de su carrera como caballo, incluido yo. Si mal no recuerdo mi peor racha bancado fue allá por el 2016 o 2017 y estaba como $12.000 o $15.000 abajo, pero jugando un ABI de $15 (sí, terrible ballena[3]).

    Pero esto no se trata de cuanto make-up uno tiene, porque eso está fuera de nuestro control, ¿cierto?

    Me siento super tonto y repetitivo por decir algo que ya debería estar claro para todos ustedes, pero en el poker (y en la vida):

    SOLO PODEMOS CONTROLAR NUESTRAS ACCIONES, LOS RESULTADOS ESTÁN FUERA DE NUESTRO CONTROL.

    Entonces en vez de enfocarse en cuánto make-up uno tiene, qué tan grande es el downswing[4], o en la mala suerte que estamos teniendo, es mejor enfocarse en cosas sobre las que sí tenemos control como cuánto volumen jugamos, qué torneos elegimos, cuánto estudiamos, qué hacemos cuando no estamos jugando (ejercicio, dieta, actividades sociales, tomar sol) y todo eso.

    El primer gran error de Max, fue seguir jugando torneos caros solo porque se lo permitimos. El segundo, reducir drásticamente el volumen de estudio.

    Más allá de ese periodo inicial cuando apenas se unió al establo, nunca fue un gran estudiante del juego. Sí, corría sims[5] cada tanto y asistía a las sesiones grupales de estudio pero no mucho más (sí, todos ustedes leyendo esto: si esto es lo único que haces para mejorar, no es suficiente).

    Entonces ahí, obviamente, fue que empezaron las excusas.

    Primero fue que en Inglaterra las opciones de sitios en los que jugar eran limitadas, así que ahí, y con un poco de mi ayuda, empezó a planear su mudanza a Tailandia.

    Me dijo que iba a venir con un amigo, y le recomendé que se fueran directo a Chiang Mai y se aseguraran un apartamento por 6 meses o así, para tener una base desde la que grindear[6], y una vez establecido poder empezar a hacer viajes por la zona.

    Obviamente que si es tu primera vez en Tailandia vas a querer ir a las playas, a Bangkok, a los templos de la zona central, hacer lo de los elefantes, lo de los tigres, lo de las mujeres de cuello largo, pero si estás en un agujero de cinco dígitos de make-up, lo responsable es primero acomodarte para una buena temporada de trabajo e ir viendo desde ahí.

    Hablamos un poco sobre esto, me hizo algunas preguntas, y al tiempo me confirmó que llegaban con su amigo en Diciembre del 2023. Iban a quedarse unos días en Bangkok y después bajar a Phuket.

    OK, no me pareció ideal y no tomó mi consejo de ir al norte y establecerse primero para después pasear, pero no soy la niñera de nadie, y no puedo forzar a nadie a hacer nada, así que no podía hacer más que desearle suerte y coordinar para encontrarnos cuando llegara.

    Un amigo de Uruguay que venía de visita llegaba justo por esos días así que saqué un pasaje de avión para Bangkok con la intención de conocer a Max y recibir a mi amigo.

    Max se iba a Phuket unos días antes de que llegara mi amigo, por lo que tenía casi una semana ‘muerta’ en la capital, pero no me importó mucho porque me encanta la gran ciudad y de veras quería conocer a este pibe que había estado entrenando y hablando sobre poker por más de un año, así que cargué la laptop, me alquilé un Airbnb con una tele grande para poder jugar un par de días, trabajar en el establo y estudiar, y me instalé por el Bajo Sukhumvit.

    Nos conocimos con Max afuera del Central World, y después de recorrer un poco del mercado navideño que habían armado por esas fechas, los llevé a él y a su amigo a conocer el glorioso Nana Plaza.

    Ahí fue que me enteré que su amigo no era jugador de poker, sino que era pintor de casas en Stoke-on-Trent, y era uno de sus mejores amigos desde la infancia.

    Después de unas birras en el Plaza y un par de porros (ambos estaban encantados que la marihuana fuese legal y tan barata en comparación al Reino Unido), fuimos a cenar a un restaurante italiano de la zona y después ellos se volvieron al hotel ya que al día siguiente volaban a Phuket.

    Estuvimos en contacto todo ese tiempo. Después de Phuket fueron a Koh Samui y alguna otra playa de la zona, y volvieron a Bangkok en Marzo, cuando su amigo se quedó sin plata y tuvo que volver a Inglaterra.

    Fue por aquel entonces cuando yo también me había mudado a Bangkok donde iba a pasar mis últimos dos meses o así en el país, antes de volverme a Sudamérica, así que le dije donde había alquilado mi Airbnb y le sugerí que se buscara algo en la zona así podíamos estudiar, fumar o simplemente estar en la vuelta.

    Honestamente, tengo unos cuantos amigos en Bangkok, y aún si no los tuviese, siempre tengo una banda de cosas para hacer por mi cuenta, pero como sabía que él estaba por la suya y no conocía a nadie en Tailandia, me pareció que ser vecinos podía ser positivo.

    Por ese entonces el agujero de make-up se agrandó bastante debido a la intermitencia de sus sesiones de juego mezcladas con viajes. Mis socios se empezaron a preocupar aún más, y fue así que pasé a ser básicamente la niñera de Max, sin goce de sueldo.

    A pesar de mi consejo de asegurarse un apartamento en la zona de Thong Lo o Ekkamai para que le saliera más barato y le diera más estabilidad, decidió ir haciendo estadías más cortas en diferentes hoteles y Airbnb lo cual no solo es más caro, sino que es un dolor de huevos si uno quiere desarrollar una estructura y hábitos consistentes y sólidos, algo indispensable para triunfar en el poker.

    Así fue que al principio estaba en un hotel por la zona de Nana, después en otro hotel en Silom (del que lo echaron por fumar porro adentro), después volvió a Nana y así sucesivamente.

    Su comportamiento era tan errático como su localización y no parecía haber un camino claro en su vida. Como dije anteriormente, nunca había sido un jugador de gran volumen, pero es que tampoco hacía mucha otra cosa además de fumar abundante porro. Y porro del caro. Me acuerdo una vez que fuimos a su dispensario favorito en Patpong y pagó ฿1.200 ($32) por un mísero gramo de Blue Lobster. A modo de referencia, cuando la mota era ilegal en Tailandia y tenías que comprar por Telegram y con el culo a dos manos de que no te fueran a agarrar, nunca pagué más de ฿500-600 por un gramo (e incluso eso era carísimo).

    Llegó un punto en el que hasta me molestaba que no estuviera desperdiciando su vida de alguna otra manera: vivís en Bangkok donde tenés chicas thai que se mueren por un extranjero, boliches, bares, drogas, prostitutas, ¡hasta travestis!, ¿y lo único que hacés es fumar porro todo el día encerrado en tu cuarto de hotel mirando YouTube o Netflix? ¡que triste!.

    Y ya que estamos, hablemos del porro.

    Es probable que fume más cannabis que muchos de los que están leyendo esto, y aún así juego al poker, estudio poker, entreno a otros jugadores de poker, manejo un establo de más de 15 jugadores, voy al gimnasio, juego al fútbol y comparto tiempo con otros humanos. No se trata de tal o cual sustancia, se trata, una vez más, de la ESTRUCTURA.

    Ya sé que si fumo apenas me levanto eso destruiría mi estructura porque lo primero que hago al despertarme es jugar poker y no puedo jugar poker re-loco, o entrenar o jugar al fútbol en ese estado, entonces el wake-and-bake, no es una opción.

    Y también sé que si fumo después de cenar me voy a quedar despierto por horas, dando vueltas y viendo boludeces online, lo cual me va a afectar a la mañana siguiente cuando tenga que jugar nuevamente, por lo que mi horario de fumar está bien acomodado dentro de mi estructura después de la última sesión de estudio o actividad productiva del día (4 o 5pm) y las 7 u 8pm cuando es hora de cenar e irme a la cama.

    Como Max carecía de cualquier tipo de estructura o de límites, cualquier horario era bueno para fumar.

    Me acuerdo una vez que lo invité a mi apartamento en Bangkok para fumar, y después fuimos al EmSphere a cenar. Después de comer me preguntó si estaba para fumar otro y le dije que no, que iba a irme a casa, dormir y jugar al poker de mañana, y que le recomendaba hacer lo mismo.

    Ven, lentamente mi lado más mandón y mi rol de ‘jefe’ si se quiere, estaba empezando a aflorar, pero por aquel entonces no tenía mucho para hacer más que liderar con el ejemplo de lo que a mi entender era ideal, y empujarlo gentilmente a seguir mis pasos.

    Obviamente a la mañana siguiente me fijé en SharkScope[7] y Max había jugado 0 torneos en las últimas 24 horas.

    Otra más que recuerdo: cuando lo vi en Bangkok la segunda vez le pregunté cuál era su usuario en Chico[8], y me dijo que no había abierto una cuenta en esa sala aún, cuando esa debería haber sido su prioridad número uno al aterrizar en Tailandia, incluso antes de comprar un chip de celular o comer su primer pad kra pao.

    Y esto es importante remarcarlo, y es que su estrategia para salirse del agujero, era básicamente ‘mandar al golero a cabecear’ e intentar meter un bombazo jugando torneos de alta varianza, que le borrara todo el make-up de un golpe.

    Un ejemplo bien ilustrativo, y si no fuese por lo triste del desenlace, hasta divertido, fue que (spoiler alert) apenas cortó comunicación con el establo, lo vimos un domingo jugando un solo torneo: el Sunday Million[9].

    A pesar de que con mis socios le recomendamos que moviera sus horas de juego más hacia la mañana tailandesa y se enfocara en las salas estadounidenses donde hay fields más pequeños, él se empecinó en seguir jugando en el horario nocturno tailandés en sitios europeos con fields bien grandes, por el simple hecho de que conseguir un primer premio en un torneo de esos lo podía sacar del agujero de make-up en unas horas.

    Cuando me tocó a mi lidiar con otra cantidad de make-up bastante grande, me costó bastante tomar la decisión de cambiarme al grind de la mañana, porque limpiar cinco dígitos de ‘deuda’ jugando torneos que pagaban $400 o $500 para el primer puesto parecía una quimera.

    Pero porque meter un bombazo parecía aún más difícil (no es fácil jugar tu A-game y tomar buenas decisiones cuando quedan pocos jugadores en un torneo en el que arrancaron jugándolo 10.000 personas y donde perder significa que seguramente tengas que pedir un préstamo de nuevo mientras que ganarlo equivale a liberarte no solo del make-up, sino del bancaje), me decidí por el cambio, y estoy muy agradecido que así haya sido.

    Esto sucedió más o menos cuando volví a Tailandia después de unos meses en Uruguay, allá por el 2018. Por aquel entonces habíamos alquilado una casa con mi ex al lado de un restaurante thai. El alquiler eran ฿6.000 al mes (algo así como $160), y en aquel entonces lo pagábamos mitad y mitad con ella, porque no me podía permitir pagar toda esa plata yo solo. Si, así de duro.

    Era una casa vieja, y cuando la alquilamos estaba llena de polvo, telas de araña y bichos, porque hacía mucho tiempo que nadie vivía ahí, además de que no tenía ni un mueble por lo que tuvimos que comprar todo nosotros.

    Era tan vieja y tan barata, que ni cisterna tenía, sino el ‘sistema tailandés’ de cisterna que consiste en un balde de agua grande al lado del inodoro con un balde más pequeño flotando adentro, así que después de hacer pis (o caca) tenías que cargar el balde chico y tirarlo encima de tus necesidades para que se fueran.

    Apenas nos mudamos me acuerdo que encontrábamos cucarachas (de las tailandesas, bien grandes y asquerosas) casi a diario en distintos rincones y una vez hasta me encontré un alacrán cuando estaba entrando al baño a ducharme.

    El tema es que no tenía alternativas ni un plan B: volver a Uruguay y vivir con mi viejo no era una opción, hacer ‘la gran Max’ a los locos que me habían bancado y enseñado por tanto tiempo y que ahora eran amigos, menos, entonces era ‘plata o caca’, y por suerte fue plata.

    Arreglamos un alquiler por un año, me puse una alarma a las 6am de jueves a martes y me levanté todas las mañanas con el ruido -y el olor- del chili fritándose en el restaurante de mi vecino que ya estaba preparando viandas, para jugar el $22 1k GTD en 888 o los rebuy de $11 en Chico.

    Me llevó unos meses limpiar todo el make-up y estar en verde nuevamente, pero fue mucho menos tiempo del que pensé que podía llegar a ser, ya que jugar esos torneos reducía la varianza considerablemente y me ayudaba a mejorar mi juego ICM[10].

    Además, después de terminar una sesión estaba mucho más contento y no me quería matar por haber sido eliminado en burbuja[11] de mesa final del Hot $11, lo que hacía que estudiara más y tuviera muchas más ganas de mejorar.

    Y era todo por la estructura que había armado, incluso si era en un entorno durísimo, al final de un callejón tailandés lleno de cucarachas y bichos y mugre. Pero era consistente y me aseguraba como funcionaba mi vida: levantarme temprano, jugar torneos chicos en salas fáciles, entrenar, estudiar, compartir con mi ex o con los pibes, y repetir al día siguiente.

    Aún al día de hoy me cuesta entender por que Max no pudo hacer algo parecido, sobre todo considerando que aterrizó en Tailandia en una situación mucho mejor que la mía en aquel entonces, tanto económicamente hablando como en cuanto a sus conocimientos sobre poker (él era mucho más jugador cuando aterrizó en Bangkok que yo cuando me mudé a esa casa). Bien podría haberse asegurado un alquiler en Chiang Mai (o en casi cualquier ciudad de Tailandia) por unos ฿10.000 o ฿12.000 al mes ($275-350) y concentrase en jugar y estudiar poker adecuadamente para no solo salir del make-up sino para prosperar, salirse del bancaje, mejorar su vida, etc.

    LA CAÍDA

    El primer fin de semana después de que llegué a Bangkok tras mi viaje por Isaan, invité a Max a grindear la sesión del domingo juntos. Pensé que hacernos compañía podría beneficiarnos a ambos ya que los domingos el horario ideal para jugar desde Tailandia es de la medianoche en adelante y a veces se hace duro si uno no está acostumbrado.

    La regla que puse fue nada de porros, pero vino con un par ya armados y le daba un par de pitadas en los descansos sincronizados lo cual era medio una cagada, pero no podía hacer mucho más que rechazar su invitación de fumar y liderar con el ejemplo.

    Alrededor de las 3 AM cuando yo recién estaba entrando ‘en la zona’, Max dejó de registrarse a torneos nuevos, jugó el $27 Sunday Eliminator en Stars hasta que quedó afuera en el puesto once o doce (hizo un fold terrible ciega contra ciega en las dos mesas finales lo cual no hizo más que demostrar que estaba jugando con ‘plata asustada’, aterrorizado de quedar eliminado bien deep en u torneo que podía limpiar una gran parte de su make-up), y decidió terminar su sesión.

    Esa semana tuvimos una llamada con él y otro de mis socios (que estaban cada vez más preocupados) para ver como hacer para encarrilar su situación de una forma favorable.

    Cuando traje a colación el hecho de que había jugado una sesión de domingo por apenas tres o cuatro horas dijo algo como: ‘para ser honesto, ese día me había despertado super temprano así que me estaba durmiendo’ y ahí fue que se me saltó la cadena y me puse a gritar como energúmeno a través del micrófono:

    ‘¡ESO ES EXACTAMENTE EL PROBLEMA! SOS UN JUGADOR DE POKER PROFESIONAL, ¿COMO ES QUE NO ESTÁS PLANIFICANDO TODO ESTO POR ADELANTADO? Si sabés que los domingos son el día de mayor EV, ¿no se te ocurrió dormir una siesta o algo?, ¿comprarte un café en el 7/11 de la planta baja y venir listo para grindear toda la noche?’

    A pesar del exabrupto y sin ningún plan concreto de como cambiar su rumbo más allá de repetir las recomendaciones previamente mencionadas de cambiar el horario de juego, abrirse cuentas en salas estadounidenses y estudiar y grindear con más dedicación, seguimos en contacto, seguimos parando juntos e intenté seguir encima suyo no solo como jefe enojado sino como un amigo.

    Algo que me parece importante mencionar, es que nunca me dio malas vibras, y que aún al día de hoy no creo que Max sea una mala persona, simplemente es un pibe que tomó muchas malas decisiones juntas.

    También algo a mencionar, es que tenía un problema en los ojos: apenas podía ver.

    Me acuerdo aquel domingo que vino a jugar, en una le quise mostrar un tremendo hero call[12] que había hecho, y no podía ver mi pantalla a menos que se acercara muchísimo.

    Aparentemente había nacido con algún tipo de problema en la vista que ni los lentes podían solucionar, solamente un trasplante de córnea, y aún así, había posibilidades de que su cuerpo rechazara el trasplante dejándolo ciego, por lo que había aceptado su condición como crónica y había aceptado vivir con las consecuencias.

    Pero para ser justos, como dije, esto es algo con lo que nació, por lo que su buena racha inicial en el grupo y todo lo bueno que vino después, también pasó con él siendo semi-ciego, por lo que no me parece una excusa válida para justificar nada en su accionar. Pero si, algo a considerar.

    Fue por esta época que empezó a verse con una piba india-hongkonesa, que vivía en un apartamento de dos pisos por la zona de Ekkamai.

    Era tan asquerosamente rica, que tenía un chef privado disponible las 24 horas del día viviendo en el apartamento encima del suyo, pero no hacía nada con su vida porque toda la plata era de los padres que eran empresarios o no se qué.

    Además -vaya sorpresa- tenía un grave problema de abuso de sustancias. Y no hablo de porro -solamente- sino de todas esas pastillas horrible, opiáceos, barbitúricos y toda esa mierda.

    Al parecer habían estado un par de veces y se seguían viendo porque supuestamente la piba solo quería sexo casual, sin ataduras. Pero cuando Max se cansó y quiso dejar de verla, a ella se le saltó la cadena, primero cagándolo a puteadas y tirándole con un cenicero por la cabeza, y después llorando y rogándole que se quedara con ella.

    Max se dio cuenta que era más tóxica que el pez de tres ojos de Los Simpsons y la evitó por bastante tiempo (no era tan boludo), pero al final cayó de nuevo en la trampa, como van a ver más adelante.

    Cuando ya estaba a un par de semanas de irme de Tailandia, algunos de los pibes del equipo de fútbol de Chiang Mai para el que jugué todos esos años bajaron a Bangkok para un último fin de semana conmigo, así que aproveché a invitar a Max a salir a tomar un par con nosotros.

    Varios de ellos se dieron cuenta de que había algo raro en ese pibe y me preguntaron que carajos le pasaba, porque se pasó la noche entera apenas sin hablar, con su gorrita de visera encasquetada hasta el fondo de la cabeza y la mirada perdida, tomando una pinta de Singha tras otra en un pub irlandés al que fuimos por Phrom Phong.

    Me acuerdo que esa noche Max me mostró un mensaje que le acababa de llegar de la pibita india-hongkonesa ésta que decía algo así como: ‘Por favor, ¿podés venir a mi casa y cogerme una última vez?’.

    Y ahora estamos en mi última semana en Bangkok o así. Max aún no estaba jugando en el turno de la mañana, no se había hecho una cuenta en Chico, no estaba haciendo nada distinto de cuando llegó a Tailandia meses atrás.

    Como yo me estaba por ir y él se iba a quedar al menos un par de meses más, organicé un almuerzo con dos de los OG del poker de la ciudad: Robbie de Inglaterra y Bruno de Brasil. Bruno se había mudado hacía poco a una casa por On Nut con otro brasilero de la edad de Max, quien también fue al almuerzo en uno de los restaurantes de Terminal 21. Ese día fue la última vez que vi a Max.

    Durante el almuerzo escuché que Robbie le dio el contacto de dos jugadores de cash de la misma ciudad de donde era Max que también vivían en Bangkok, así que tenía aún más opciones de gente con la que parar cuando yo me fuera.

    La comida estuvo bien. Robbie justo había extendido la Thai Elite Visa por otros cinco años (que como su nombre lo indica es un especie de visa especial que por USD 10.000 pagados por adelantado te permite quedarte en Tailandia sin ningún tipo de problema además de darte una fila prioritaria y transporte gratis desde y hacia el aeropuerto, descuentos en clubes de golf, spas, etc).

    Hablamos un poco de poker y de que formatos y limites jugaba cada uno, sobre la vida en Tailandia y todo eso.

    Después del almuerzo teníamos el grupo de estudio semanal con el establo. Unos días antes, después de organizar todo y darle aviso a Max le había agregado: ‘y espero que asistas a ambos eventos’. Lentamente estaba empezando a perder la paciencia, ya un poco cansado de tanta falta de compromiso de su parte.

    Así que después de comer se tomó una moto-taxi a su hotel (se estaba quedando en un cinco estrellas por Silom por aquel entonces) y llegó justo a tiempo cuando empezaba la sesión de estudio. Saludó y apagó el micrófono mientras uno de los otros caballos empezaba con una presentación super producida que había hecho sobre el tema que estábamos estudiando en ese momento. A los pocos minutos, Max escribió el siguiente mensaje en el chat:

    ‘Van a tener que seguir sin mi chicos, pasó algo en casa y estoy en una llamada con mi familia, me perdí toda la sesión hasta el momento, disculpas.’

    A las pocas horas le escribo para ver si estaba todo bien, y me contestó que si.

    Al día siguiente le escribí a ver si estaba para juntarse y si le había escrito a los pibes de su ciudad que vivían en Bangkok con los que Robbie lo puso en contacto y no me contestó. Le mandé otro mensaje al día siguiente y, nuevamente, silencio.

    Y entonces fue que me asusté en serio. No tanto por la posibilidad de que se hubiese escapado con el agujero de make-up y básicamente nos hubiera robado, ya que eso no era una posibilidad real para mi por aquel entonces, sino que me preocupé seriamente por su vida.

    Compartí acá hace un tiempo un escrito (nota: algún día voy a traducir dicho escrito y compartirlo efectivamente en este blog) que hice sobre mi amigo Matt, mi primer amigo en Tailandia (lo conocí el día que llegué, el 12 de diciembre del 2015) y que falleció unos meses después de volver a Canadá por una sobredosis el 30 de diciembre del 2019.

    Su narrativa fue bastante similar a la de Max: tuvo un gran inicio jugando al poker, ahorró algo de dinero, se mudó a Tailandia y comenzó a ir barranca abajo y sin frenos cuando tuvo que centrarse y empezar a trabajar en serio.

    Su problema con el abuso de sustancias era mucho más serio que el de Max, y comenzó mucho antes en su vida, y además era peor jugador, objetivamente hablando. Pero cuando mis intentos de contactarme con Max se encontraban solo con silencio, entré en un mini estado de pánico y los recuerdos del caso de Matt cayeron todos juntos sobre mí.

    La muerte de Matt no fue mi culpa, y si algo le hubiese pasado a Max tampoco hubiese sido mi culpa, pero aún una parte de mi piensa que podría haber hecho algo más por Matt, y no estaba preparado para lidiar con Max muriéndose en la misma ciudad donde ambos vivíamos.

    Estaban todos los ingredientes dados para que algo así sucediera, tanto por accidente (la pibita india-hongkonesa ésta dándole pastillas y que al mezclarlas con alcohol hubiese hecho una sobredosis) o bien voluntariamente (casi $20.000 de make-up, un poco de depresión que hasta los pibes de Chiang Mai que ni lo conocían pudieron ver en un par de horas compartidas con el, muchos edificios altos en la ciudad, y listo), así que decidí pecar de paranoico y no quedarme de brazos cruzados, porque todo lo que me venía a la cabeza eran los recuerdos de Matt y ese sentimiento de mierda de culpa que no me podía sacar de encima de ninguna manera, junto con el deseo latente de haber hecho más por él. Así que llamé a la embajada del Reino Unido en Tailandia, básicamente a preguntar si no sabían si había un cuerpo en una bolsa negra con el nombre de Max Waterhouse en alguna morgue de Bangkok.

    Después de hablar un rato en el teléfono con la oficina en Tailandia transfirieron mi llamada a la oficina de asuntos consulares en Londres, donde me pidieron más información sobre Max y su situación, me pidieron mis datos de contacto y me dijeron que no había mucho más para hacer más allá de esperar y abrir un caso sobre él, a la espera de más información.

    Y así fue que al día siguiente Max reapareció y me escribió el siguiente mensaje:

    ‘Bro tranquilo, ¿no me puedo desaparecer un par de días? hubo una discusión grande en mi familia y estaba lidiando con todo eso. Me rendí y al final volví con la chica esa y estaba con ella los últimos dos días con el teléfono en modo avión. Obviamente lo que dijiste de que tengo que mejorar es cierto, no tengo ninguna excusa, pero no estaba en un estado mental bueno así que decidí no responder por un tiempo’

    Y eso fue lo último que leí de su parte, después de que desapareciera completamente de la faz de la tierra.

    Indudablemente, el punto de quiebre fue ese día del almuerzo, cuando conoció a los otros jugadores de poker, en mi opinión, al darse cuenta lo lejos que estaba de ese nivel. La sesión de estudio justo después tampoco ayudó: ver que uno de sus pares había preparado una presentación y estaba realmente comprometido con la causa mientras que él luchaba por salir de un agujero de make-up gigantesco, no hizo más que acrecentar ese sentimiento de derrota.

    Una mentalidad super estúpida si me preguntan, porque una mejor forma de pensar sobre todo el asunto después de conocer un par de jugadores de poker consagrados viviendo en la misma ciudad que vos, o un compañero de equipo comprometido con el estudio y trabajando duro para mejorar podría haber sido: ‘tengo banca, tengo amigos y compañeros que me pueden ayudar, tengo una gran oportunidad de revertir la situación en la que estoy y usar estas herramientas para hacer un cambio de 180 grados en mi vida y salir del puto agujero en el que yo mismo me metí’.

    Me encantaría culpar su problema con la vista, la marihuana o hasta la mudanza a Tailandia por el desenlace de esta historia, pero conozco otros jugadores profesionales con problemas de salud que la rompen, otros tantos que fuman porro y la rompen e infinidad de casos de locos que se mudaron a Tailandia para centrarse en el poker y la rompieron.

    Cuando le avisé a Robbie de la situación y le pedí a que alertara a los otros pibes de Stoke-on-Trent por si sabían algo de Max, me dijo algo que puede ayudar a explicar todo este desastre un poco: ‘Podés sacar al pibe de Stoke, pero no podés sacar a Stoke del pibe’.

    No estoy diciendo que ser de la segunda peor ciudad para vivir en Inglaterra -como Max siempre decía medio en broma, medio en serio- haya sido lo que llevó a Max a hacer lo que hizo, pero si que tu pasado, bagaje cultural y familiar, predisposiciones genéticas y vaya uno a saber que más, puede terminar jodiéndote, sobre todo si no tenés una mentalidad de hierro.

    Sumale a todo esto un montón de porro, una millonaria tóxica que te regala alprazolam y tenés un cóctel perfecto para que ocurra un desastre. Como dicen los paisanos de Max de Oasis, ‘it’s probably all in the mind’, mate.

    Estuve escribiendo un buen rato (incluso tuve que cargarle más tiempo a la PC porque no me alcanzó a terminar con lo que había comprado para ver el partido) así que voy a redondear por acá, pero antes de terminar me gustaría cerrar con algunas lecciones que podemos aprender del caso de Max para evitar terminar en una situación similar a la suya:

    1- Enfocate en lo que podés controlar: no pienses en cuanto make-up tenés o que tan grande es el downswing, sino en cuanto estás estudiando, que torneos estás jugando, como de balanceada es tu vida, etc.

    2- Solo porque estés autorizado a jugar torneos más caros, no quiere decir que tengas que descartar todos los torneos que venías jugando y en los que ganabas plata anteriormente para centrarte solo los del nivel superior: hacé una transición fluida hacia el siguiente limite y mantené los juegos en los que sos un ganador seguro en la grilla, agregando los más caros paulatinamente.

    3- CONSTRUÍ UNA ESTRUCTURA SÓLIDA que incluya jugar al poker, estudiar poker, cuidar tu salud (mental y física), hacer actividades divertidas lejos de la pantalla, tener un círculo social con el que compartir tiempo de calidad, etc.

    4- ESTUDIÁ, ESTUDIÁ, ESTUDIÁ y ESTUDIÁ aún más. Si Max hubiese seguido estudiando a buen ritmo nunca hubiese caído en el agujero de make up en el que cayó, o hubiese tenido la suficiente confianza en su juego para dar vuelta la situación. Si no estás seguro de si estás estudiando lo suficiente, posiblemente no lo estés, y aún si efectivamente estás estudiando mucho, seguro que hay algo más que puedas hacer. Mientras lees esto, hay pibes en Bielorrusia, en Brasil y en cualquier rincón del mundo destruyéndose los ojos mirando sims en GTO Wizard[13] contra los que vas a tener que jugar mañana, así que estate preparado y apunta alto.

    5- No robes: si te quedas sin dinero en las cuentas y te vas por la tuya, hay una chance de más del 99% de que falles, y no vas a tener ninguna oportunidad de bancaje o ayuda en el mundo del poker porque tu reputación va a quedar enchastrada de por vida. Además puede que tu tía googlee tu nombre y encuentre una página con tu foto diciendo que sos un ladrón. Si precisas ayuda comunicate con nosotros, casi siempre podemos darte una mano.

    Todo esto parece super estándar y trivial pero tal vez alguno de ustedes leyendo esto puede aprender un par de cosas de todo este lio y mejorar su situación, o evitar caer en un agujero parecido al que cayó Max.

    Y ahora sí, quiero cerrar diciendo esto: aún al día de la fecha no creo que Max sea una mala persona, solo alguien que tomó muchas malas decisiones. Espero que en un futuro se de cuenta de todo esto (si aún no lo hizo) e intente arreglar las cosas, aunque por ese entonces es probable que sea demasiado tarde.


    [1] Average buy-in en inglés, traducido sería valor promedio de la entrada de los torneos en los que participa determinado jugador. (por ejemplo si juega torneos de $10, $20 y $30, su ABI es de $20). ↩︎

    [2] Average Field Size en inglés, traducido sería cantidad promedio de jugadores. Se refiere a cuantos participantes tiene un determinado torneo (por ejemplo, si un jugador juega un torneo de 500 jugadores, otro de 1.000 y otro de 1.500, su AFS es de 1.000). ↩︎

    [3] Si los ‘pescados’ son jugadores malos, las ‘ballenas’ son jugadores aún peores con mucho dinero para perder, frecuentemente presa de jugadores profesionales (también conocidos como ‘tiburones’). De más está decir que no era una ballena: es solo una exageración. ↩︎

    [4] Mala racha. ↩︎

    De ‘simulación’. Se refiere a usar software para modelar y analizar distintos escenarios de juego. ↩︎

    Jugar consistentemente en juegos en los que uno es un ganador probado. ↩︎

    [7] Herramienta para rastrear el rendimiento y las estadísticas de jugadores de poker online. ↩︎

    [8] Sala de poker online con licencia para operar en Estados Unidos y otros países del Mundo (pero no Inglaterra). ↩︎

    [9] Torneo online de gran prestigio jugado todos los domingos en PokerStars, con $1.000.000 de premios garantizados y miles de jugadores. ↩︎

    [10] Acrónimo de «Independent Chip Model«, modelo utilizado para calcular el valor relativo de las fichas en torneos de poker, especialmente en fases finales. ↩︎

    [11] Instancia en un torneo donde un jugador queda eliminado justo antes de entrar en los premios o en la mesa final. ↩︎

    [12] Acción de pagar una apuesta grande con una mano débil, confiando en que el rival está faroleando (mintiendo). ↩︎

    [13] Herramienta de estudio de poker cloud-based con millones de simulaciones pre-solucionadas y un motor incorporado para resolver virtualmente cualquier situación de juego. ↩︎

  • Los Días de Vientiane

    Vientiane, capital de Laos

    ‘Amigo, creo que Khon Kaen puede ser peor que Vientiane. Es peor de otra forma. Pero medio que el mismo tipo de mierda. Tiene sentido, no?. Es la misma zona. La gente de Isaan es mayoritariamente Lao también.’

    Eso le mandé desde Khon Kaen al Pelado Ivan. Un grande el Ivan. Nos hicimos amigos casi que de facto. Se sumó al equipo de fútbol, entrenó una vez con nosotros y lo invitamos a jugar en el torneo de los viernes. Al toque hicimos buenas migas. Tenemos un millón de diferencias (empezando porque él es suizo y yo, uruguayo), pero compartimos esa pasión casi anormal por jugar torneítos de fútbol amateur. Ambos armamos nuestra semana alrededor del partido que toque y vivimos para eso. Y festejamos y gritamos los goles, como debe ser, por más que el premio sea un trofeo de plástico.

    Ahora va a tener una nena, el Ivan, así que no creo que siga poniendo el fútbol amateur allá arriba en su lista de prioridades. Aunque quién sabe. Cuando vuelva para Tailandia y nos tomemos un par de birras, ya me enteraré, no somos muy de hablar por chat, algún mensaje cada tanto. Como ese que tuve que mandarle para decirle que había encontrado una ciudad más mierda que Vientiane, capital del Reino de Laos, lugar evocado indefectiblemente cada vez que estábamos mano a mano en algún bar de Chiang Mai y los cadáveres de Leo y Chang ya se apilaban sobre la mesa.

    Y como habrán visto, no evocado por su tranquilidad, o el encanto de sus calles arboladas diseñadas a la francesa (y con letreros en francés también bautizando cada esquina, gracias a oscuros años en los que toda esa zona era conocida como la ‘Cochinchina Francesa’, puaj), sino más bien por su casi inexistente escena nocturna y cultural, su carencia de opciones culinarias -al menos comparado con Tailandia-, pero por sobre todas las cosas por su total y absoluta falta de gracia, de encanto.

    Sí, qué ciudad fea Vientiane. Fea y aburrida como la mierda. Encima, la principal razón que lleva a la mayoría de los extranjeros a la misma, no es otra que la de renovar, extender o conseguir una nueva visa para Tailandia, lo cual carga a las visitas de una dosis extra de ansiedad y sufrimiento ocasionada por el trámite burocrático que a ella nos convoca.

    Por suerte, solo tuve que ir dos veces yo, por ese trámite aburridísimo. Y las dos fueron bastante parecidas: Rama sin un mango, quedándose en un hotel de mierda, intentando ahorrar cada peso (perdón, cada kip) posible, porque me había gastado toda la plata en la nueva visa para poder seguir viviendo en Tailandia.

    La primera vez que fui, me tomé el ómnibus (estaba en la lona posta, no exagero). Son 12 horas desde Chiang Mai a Udon Thani, una ciudad bastante grande del lado tailandés, y después otra hora más o así entre camionetas y tuk-tuks para cruzar la frontera y llegar a Vientiane.

    Me había tocado el primer asiento del segundo piso, y después de dormitar un rato me desvelo y me doy vuelta a ver qué onda, y me encuentro sentada justo atrás mío a la Carrie, una pibita de Chicago, que era de un grupo de hippies amigos con los que paraba por aquel entonces en Chiang Mai.

    Los había conocido el primer Año Nuevo que pasé en Tailandia (el del cambio del 2015 al 2016) en Pai, un pueblito de montaña bastante turístico y hippie a unas tres horas de Chiang Mai. Recién llegado al país, sin conocer a nadie y aún medio hippy-mochilero yo, me mandé de una para Pai, me alquilé una cama en un hostel y ahí me hice amigo al toque de estos yankis.

    La mayoría eran profes de inglés (bien común para los yankis irse a Tailandia o países de la zona a laburar de profe de inglés en una escuela primaria por unos años) o simplemente hippies y hipsters desempleados, gastándose los ahorros que habían acumulado laburando part-time mientras terminaban la universidad, o viviendo por $500 al mes bancados por papá y mamá. Lo suficiente para hacer yoga un par de veces por semana, un par de talleres de pintura o respiración o mindfulness o algo así y comer comida thai vegana baratita, tomar un par de birras y parar con otros expats (porque si vivís en el exterior, sos blanco y tenés algo de plata te dicen expat, no inmigrante).

    Lo pienso ahora y parar con gente así es básicamente todo a lo que escapo, pero por aquel entonces, hace unos 10 años, la distancia entre esa vida y la mía era menor, y capaz yo era un poco más tolerante y menos rígido.

    Así que al principio de mi estadía en Chiang Mai, los hippies yankis estos eran uno de mis grupos sociales, junto a los latinos y a mi amigo el Matt (QEPD).

    Me acuerdo una vez que íbamos entrando al Warm Up Cafe con el Matt, un boliche thai bastante prolijo por Nimman, y nos encontramos a los hippies saliendo que vienen y nos abrazan uno por uno al Matt y a mi y nos cuentan que iban a entrar al Warm Up pero que al Billy lo dejaban afuera porque andaba de chancletas y musculosa, así que se iban para un barcito cerca de la casa de uno de ellos por Suthep, más chill dicen, a ver si queríamos ir. Y les agradecimos pero no, fuimos con el Matt para el Warm Up nomás, y compramos una botella de Johnny Negro y el Matt estuvo toda la noche rompiéndome las bolas que tendríamos que habernos ido con mis ‘hippy friends’ y de ahí les quedó el nombre.

    Pero nada, ahí estaba la Carrie de Chicago sentada atrás mío en el bondi, toda rubiecita y bien yanki ella, pero con un pañuelo de colores en la cabeza para demostrar que era medio progre, y pensé ‘Bien! ahora no tengo que hacer todo este trámite solo y tengo alguien con quien parar’. Conversamos un rato de asiento a asiento y después medio que me dormí pero un sueño livianito nomás y cuando quise acordar llegamos a la frontera.

    Bah, a la terminal de ómnibus de Udon Thani, donde nos bajamos y previa compra de unos chips de banana -estaban blandísimos y horribles me acuerdo- nos subimos a una van rumbo a la frontera.

    Adelante nuestro en la cola de inmigración había como 5 chinos (pero con pasaporte yanki) y uno de ellos no tenía suficientes páginas libres en el pasaporte para que le pusieran la visa para Laos y el milico de inmigración le dice: ‘Andá a Tailandia, hacete un pasaporte nuevo y volvé’. Claro capo, aguanta que hago eso y ahí vuelvo al toque.

    El chino-yanki se re quemó y empezó a los gritos pidiendo por el ‘SUPERVISOR’ y la Carrie me dice: ‘como se nota que es yanki, esa del supervisor sirve allá, acá no tenés chance’.

    Me hubiese encantado saber que pasó con el chino-yanki ese, pero nos llamaron de otra ventanilla y allá fuimos y tras el pago de $35 nos dieron la visa para Laos y nos subimos a otra van que nos llevó al otro lado del río Mekong y hacia Vientiane.

    La van fue dejando gente en distintos hoteles, y yo, que ya estaba tratando de distanciarme de los hippies e intentando civilizarme un poco (o capaz estaba un poco arrogante de más nomás), me bajé en un hotel que había reservado por Booking, cerca del único mercado nocturno de Vientiane. Habitación privada y todo. La Carrie y los hippy-mochileros de turno siguieron para un hostel por ahí, medio cerca pero ni tanto.

    Cuando hago el check-in veo que el loco del otro lado del mostrador tiene un iPhone con la bandera del partido comunista de fondo de pantalla. Me costó demasiado no cagarme de risa frente a la ironía tan alevosa. Igual resulta que Laos aún se considera un país ‘comunista’, y casi todas las fachadas de los edificios tienen tanto la bandera local como la del Partido Comunista (la clásica de la hoz y el martillo) flameando una al lado de la otra.

    El pibe me pregunta de dónde soy, y cuando le digo que de Uruguay, se pone todo loco, como suele suceder con la gente que le gusta el fútbol, y me invita a ver un partido de la Euro 2016 ahí abajo en recepción a la noche.

    Cuando subo al cuarto, me encuentro ante lo que seguramente sea el peor cuarto en el que me quedé en toda mi vida viajando, y se imaginarán que estuve en unos cuantos en todo este tiempo. Ah, pero privado, eso sí, ningún hippie en la vuelta, toda esa miseria solo para mí.

    Miseria chiquita, porque no debía tener más de 2 o 3 metros cuadrados. Y olorosa, vaya uno a saber a qué. Vieja también la miseria, seguro que de la época en que no era Laos sino Cochinchina. Y por si fuera poco las gran comodidad moderna, en forma de aire acondicionado, era tan ruidosa que convertía el dormir en un reto: tocaba elegir, o aire acondicionado o sueño. Pero como estaba destruido del viaje en bondi y las pocas horas que pude dormir, caí rendido tipo 3 de la tarde, solo para despertarme a la medianoche y darme cuenta que me había re cagado el ciclo del sueño.

    Bajé a la recepción y ni rastros del pibe de temprano por lo que asumo que me perdí el partido de la Euro. Salí con la esperanza de encontrar algo para comer en la vuelta, como en Tailandia, que hay un carrito de noodles o un wok activo a cualquier hora del día, pero después de caminar media cuadra en la más absoluta oscuridad, sin rastros de nada abierto, me di cuenta de que estaba en el horno y que tocaba ayuno intermitente.

    Volví al cuarto, prendí el aire y saqué la laptop, solo para llevarme el chasco de que el internet era tan paupérrimo que no se podía ni entrar a Marca.com a ver cómo había salido el partido de la Euro.

    Por suerte, estaba prevenido y tenía varios videos de poker ya descargados, así que aproveché para ‘estudiar’, y me miré dos o tres horas de un tal Casey Jarzabek revisando un historial de manos. En ese entonces mirar un video de alguien hablando de poker era todo el estudio que hacía, ¡como no iba a tener ni un peso!.

    Antes que el sol, fue el gallo del vecino el que me avisó que estaba por amanecer (no se olviden que Vientiane es la capital de Laos, y yo estaba bastante céntrico, pero aún así me despertó un gallo, bien rural es Laos). Me di cuenta de que el desvelo había tenido su lado productivo: podía llegar antes que nadie a la embajada tailandesa y ahorrarme horas de cola.

    Así que salí a caminar buscando comida, pero ya rumbeando hacia el lugar donde iba a conseguir una nueva visa que me permitiera no volver a Laos por al menos un año, y de pasada, viendo cómo abrían todos los hoteles y hostels de la vuelta, vi uno que ofrecía alquiler de bicicletas por $1 al día.

    Importante no olvidar el detalle de que el internet en Laos es casi inexistente, y en mi limitadísimo presupuesto no entraba un chip para tener datos en la calle, así que medio a ciegas y medio guiado por el mapa que pude ver antes de salir del hotel, empecé a pedalear rumbo hacia donde creía recordar que estaba la embajada.

    Pasaban los minutos y yo ahí, pedaleando bajo el sol cada vez más alto en el cielo, y ni rastros de la embajada. La segunda vez que pasé por enfrente del mismo mercado (ahora lleno de gente comprando y vendiendo vegetales y animales vivos) saqué el celular del bolsillo y comprobé que no solo el GPS no estaba andando, sino que ya eran las 8:30. Eso significaba que la embajada estaba abierta hacía media hora, y no solo no iba a ser el primero en llegar, sino que si no me apuraba, cabía la posibilidad de que no me diera el tiempo para entregar los papeles y pedir la visa, lo que significaría al menos 24 horas más en Vientiane, Dios no lo permita.

    Ante la posibilidad de un panorama así de catastrófico, bañado en transpiración, hambriento y cansado como la mierda, me tragué el orgullo, dejé la bici en un lugar del mercado haciendo un marcador mental para encontrarla a la vuelta, y me tomé un tuk-tuk que, por $5 o $10 (o ya ni me acuerdo), me dejó en la embajada a apenas dos cuadras de donde estuve rondando por casi una hora. Como para no odiar esa ciudad de mierda.

    Encima, cuando estaba entrando a la embajada después de rechazar la oferta de miles de fixers (locales que hacen todo el trámite por vos a cambio de una módica suma de dinero de la cual no disponía, por lo que me tocaba hacer todo a mí), la veo a Carrie y una banda de hippies saliendo ya con los papelitos en mano para volver al día siguiente a buscar la visa, todos re contentos y re amiguitos. Pero importantísimo recordar que yo dormí en habitación privada, ta?

    Me tocó hacer unas 2 horitas de cola debajo de una carpa en el patio de la embajada, al rayo del sol, porque la carpa no alcanzaba para proteger a las casi 100 personas que debían estar ahí sufriendo, papeles y pasaporte en mano, esperando a ver si al milico de inmigración de turno andaba con ganas de concederte el permiso de quedarte un año extra en su país.

    Me acuerdo que conocí a otro jugador de poker francés haciendo fila y conversamos un poco, pero más que nada pasé la espera leyendo en el teléfono. Fue alrededor de esta época que empecé a desarrollar el hábito de leer en el celular para leer más y evitar cargar libros para todos lados, que en Tailandia eran difíciles de conseguir (en español). Si mal no recuerdo, en aquella época estaba leyendo Pédro Páramo de Rulfo.

    Cuando al fin llegué a la ventanilla, la milica de inmigración ojea la terrible pila de papeles que le entrego, que me había dado la escuela de thai en la que se supone que iba a estudiar lenguaje tailandés todo el año próximo (aunque, en realidad, esa de ‘estudiar thai’ es más vieja que el agujero del mate y todo el mundo sabe que es solo una excusa para quedarte en Tailandia por más tiempo de manera legal), y me marca que tenía que firmar un par de cosas o llenar un formulario o no sé qué, así que me dice que haga eso y que vuelva sin hacer la fila.

    Bien, ahí salgo de la ventanilla, hago lo que me pidió y vuelvo cuando había un loco veterano, medio indio, medio panzón, hablando con la milica, y medio que entro por el costado y le digo que me disculpe, pero que la milica me había dicho que fuera directo para ahí cuando tuviera eso. El loco me contesta algo y no entendí bien, y yo que ya estaba re quemado casi que me planto de manos ahí y le repito: “SHE TOLD ME TO COME STRAIGHT HERE AFTER DOING THIS”. El pobre indio o inglés, o lo que fuera, se re ataja y me dice todo asustado: “I know, I know! I told you to come here and talk straight to her, not from the side.” Y yo, re avergonzado, le pido perdón y le digo que me disculpe, que esa oficina de mierda me tiene al borde del colapso nervioso, y él me responde que nada, nada, estamos todos en la misma. Y en eso, la milica me sella los papeles, me da un recibo y me dice que vuelva al otro día después de la 1 p.m. a buscar el pasaporte.

    Así que me fui caminando de nuevo para el mercado donde había dejado la bici y ahí estaba, intacta, con el casquito colgando del manubrio y todo, gente honesta los laosianos. Aproveché para comerme un par de bahn mi, que no es otra cosa que un refuerzo en media baguette, parte del “legado” de los franceses, porque en esas zonas del mundo no se come casi pan, y corté casi 24 hs de “ayuno intermitente”.

    Y así, con la panza llena, agarré la bici y empecé a rumbear de nuevo para el hotel, aún a ciegas, sin GPS, pero un poco mejor orientado. En una me acuerdo que me metí por un callejoncito medio escondido y vi, en una mesa afuera de un local comercial, a dos farangs (extranjeros blancos) de unos 50 o 60 años sentados tomando varias Beer Lao ahí nomás de mañana. Uno tenía un corte de esos tipo mullet y una banda de tatuajes, pero no todos cool y neo-trad como los míos, sino más bien mal hechos, seguramente por un amateur en prisión o algo así. Les iba a preguntar por direcciones, pero había algo que me hacía ruido, así que di la vuelta y seguí pedaleando por la polvorienta y aburrida Vientiane hasta que llegué al hotel y caí rendido porque ya era bien pasado el mediodía y seguía con el sueño cambiado.

    Me levanté de nuevo tipo 6-7 p.m. y tenía un mensaje de Carrie invitándome a tomar un par de birras con un pibe de Israel que conoció en el hostel y también estaba por la visa, así que allá fui directo para el bar donde iban a estar.

    El pibe este vivía en Bangkok y había hecho el ‘border run’ con todas sus cosas encima. Cargaba una mochila gigante y un monitor, porque ya tenía como tres visas de turista al hilo y estaba todo asustado de que le fueran a rechazar la nueva visa, así que andaba con todos sus petates encima, tipo tortuga.

    Y así, conversando los tres, nos pasamos un buen rato apilando Beer Lao en una mesa de uno de los bares de ahí, sobre la ribera del Mekong.

    Alrededor de la medianoche, y de la nada, el bar se llena, repito, SE LLENA, de chicas locales, que seguramente terminaron de trabajar en un bar cercano y se mandaron para ahí al toque (todo cierra temprano en la podrida Vientiane, hasta los bares de p****). Y cuando quiero acordar, y sin mediar palabra alguna, una de las 20 o 30 pibas que acababan de inundar el bar re tranquilo en el que estábamos, se sienta al lado mío.

    Y ahí me empieza a hablar, en una suerte de inglés quebrado, pero al toque me doy cuenta de que la pobre tiene dificultades y no estoy hablando con el idioma, sino con el habla directamente. No sé si era sordomuda o solo muda o qué, pero claramente le costaba a la pobrecita, y me mostraba fotos en el celular: de la familia en una provincia del Laos profundo, donde si caminas fuera del sendero principal podés pisar una mina que dejaron plantada los yankis en los setenta y volar a la mierda, de la hija (obvio), de la moto que tenía y no sé qué, y en una se le escapa y me muestra una foto de un guacho rubio, todo panzón, con pinta de francés o algo así, que seguro era el novio o el sponsor o algo de eso, y re tímida, la pobre que se quiere matar, toda colorada quedó, y yo que me cago de la risa.

    A todo esto, nos tomamos un par de birras más en la formación esa extrañísima de la Carrie, el israelí-tortuga, la prostituta sordomuda con un novio panzón y yo, y al rato cierran el bar y nos sacan a todos a la calle.

    Y apenas cuando salimos, la Carrie viene y me empieza a agitar: “Dale, llevate a la pibita al hotel”. Y yo le digo: “Aguanta mami, no tengo un peso, ¿le vas a pagar vos?”. Y la loca que insiste e insiste, y yo nada, ni me gusta la sordomuda.

    Rarísimo todo porque la Carrie era bien zurdita, fana mal del Bernie Sanders, toda hipilla con sus talleres de yoga y sus viajes a Nepal para ayudar a niños huérfanos en el medio de la montaña (porque es más divertido siempre ayudar a niños pobres de otro país que a los de tu propio país). Pero la loca nada, incitándome a fomentar la industria sexual local y que me lleve a la sordomuda que pobrecita estaba ahí con cara de tristeza. Pero no hubo chance, no había plata, no había ganas, no había nada.

    Así que nos despedimos de la pibita y nos vamos caminando la Carrie, el israelí y yo para el mismo lado. Cuando llegamos a la puerta de mi hotel, con la bandera de Laos y la del Partido Comunista flameando en la entrada, en la más absoluta oscuridad porque ya era bien tarde, quedamos en que al otro día yo voy para el hostel de ellos y nos vamos todos en tuk-tuk a la embajada a buscar nuestras visas.

    Gracias a las Beer Lao, al fin puedo medio que normalizar el sueño y tipo 2 am caigo rendido. Al otro día me levanto para devolver la bici que había alquilado y caminar un poco por la ribera del Mekong.

    De día, y sin el mercado ese horrible nocturno que hacen, que es como uno de los miles de mercados que hay en Tailandia donde venden cosas Made in China de plástico, re feas, pero mil veces peor, se ve hasta bonita. Pese a que el río a esa altura es todo flaco, todo pantanoso, apenas parece un arroyito. Pero de día y casi sin gente en la vuelta, cuando sabés que te estás por ir a la mierda de Vientiane, ese chorrito de agua ni tan feo parece (porque tampoco me animo a decir que se ve lindo).

    Lo disfruto un rato, con el solcito no muy fuerte aún, dándome en la cara y recordándome que del otro lado de ese charco glorificado está Tailandia y que para allá voy por un año más.

    Camino todo para arriba y todo para abajo por la costa y veo a unas señoras haciendo una clase de aerobic al aire libre. Súper normal en Asia ver a las doñas ejercitándose bajo la tutela de una profe con un parlante y un micrófono en la plaza pública de turno.

    Pienso meterme un rato, pero me quedo mirando nomás. Al rato, vuelvo al hotel para meter todo en la mochila y poder al fin hacer el check-out y no tener que volver nunca más a la habitación más fea que me tocó en mi vida.

    Así que al rato ya estoy en el hostel de la Carrie y del Israelí-tortuga y me encuentro con una banda de pibes y pibas más, todos re contentos que estamos por ir a la embajada y nos vamos bien a la mierda de esa ciudad horrible.

    Así que entre 9 o 10, compartimos un tuk-tuk de los grandes, como los songthaew de Chiang Mai, y llegamos a la embajada justo a tiempo para, una vez más, hacer una fila bien larga e ir saliendo de ahí uno a uno con nuestro pasaporte ya sellado con la visa.

    Del grupo original quedamos 4 o 5, incluidos la Carrie y yo, obvio, y nos tomamos otro tuk-tuk para cruzar la frontera y volver a Tailandia. Cruzamos el río que hacía un rato observaba sentado en una plazita a través del ‘Puente de la Amistad’, y me queda sortear la última barrera antes de un año más en el país que elegí como mi casa por tanto tiempo.

    Es el cruce fronterizo de entrada a la Tierra de las Sonrisas, como los thai denominan a su país (o más bien como la Tourism Authority of Thailand -TAT para los amigos- le puso, después de un board meeting en algún momento de los noventa). Si bien es reconocido por ser el puesto de frontera más laxo y amigable que existe para entrar a Tailandia, y que no rebota a casi nadie (especialmente si tenés una visa de estudiante -la primera- recién puesta en el pasaporte), no deja de ser un obstáculo a sortear y ahí voy yo todo cagado a ver si todavía no me mandan de vuelta para atrás a Laos.

    Después de hacer fila un buen rato porque es la hora en la que todos los que recién salen de la embajada cruzan de nuevo a Tailandia, escapando de Vientiane, me llama el milico. Cuando empieza a ojear el pasaporte de arriba abajo, yo ya pienso ‘ta, cagué’. Cuando me llama con el dedo más cerca de la ventanilla, yo ya al punto del llanto, imaginándome atrapado en Vientiane de por vida, sin un peso y sin internet para poder jugar al póker y volver a Tailandia, va el loco y me dice: ‘Uruguay?’ ‘Yes’. Se baja el barbijo (porque en Asia usaban barbijo mucho antes de la pandemia) y me dice con terrible sonrisa: ‘Luis Suárez!’ Y yo, que en esa época no lo odiaba al gordo por bocón, pero sobre todo por gallina, re contento le empiezo a dar charla: que el Liverpool, que el partido contra Ghana y no sé qué más.

    Y cuando quiero acordar, ya estoy caminando en suelo tailandés, con una sonrisa de oreja a oreja, recordando el manotazo salvador que metió el Lucho contra los ghaneses en el 2010.

    Ahí de los 4 o 5 que cruzamos solo quedamos Carrie y yo que somos los únicos pichis que nos tomamos el bus de vuelta a Chiang Mai en vez del avión, así que nos tomamos un taxi hasta la terminal de buses de Udon Thani donde hay un terrible mercado, mínimo diez veces más grande y bonito y lleno de cosas que el de Vientiane.

    Mientras esperamos que salga nuestro bus nos comemos un omelette con arroz con salsa picante por encima, ahí sentados enfrente al Central Udon Thani (los Central son una cadena de shoppings que existe en todas las provincias de Tailandia más o menos) y hablamos de socialismo y Bernie Sanders y como los paisanos de Carrie re cagaron a bombazos a los laosianos -que son el país más bombeado en la historia del universo por cierto- hasta que se hace la hora y nos arrimamos a donde salen los bondis, ahí cerquita del shopping.

    Nos subimos y esta vez nos toca a los dos en el primer asiento del piso superior, así que tenemos vista privilegiada para conocer un poco de Udon, antes de que las luces del bus se apaguen, y las de la calle también, y el conductor agarre la ruta bien oscura y estrecha por la que vamos a estar viajando las próximas doce horas hasta llegar a nuestra querida Chiang Mai.

    Me encantaría cerrar diciendo que esa fue la última vez que me tocó ir a Vientiane, pero un año después tuve que repetir el proceso en condiciones casi exactas, aunque con menos plata capaz y sin Carrie que ya estaba de vuelta en Chicago. Pero de eso hablo la próxima porque si sigo recordando esa ciudad espantosa me va a dar un patatús.

  • Memorias de Francia (98′)

    Davor Šuker (Croacia) la lleva, Frank Sinclair (Jamaica) lo marca – Grupo H, Lens, Junio 1998

    El verdadero catalizador del virus del fútbol en mi vida, fue aquel Mundial en tierras galas, disputado siete años después de mi nacimiento. Y todo comenzó con un sticker que mi madre compró en el ómnibus de vuelta a casa desde el trabajo. Era todo blanco y tenía al gallo Footix, la mascota de aquella copa mundial estampado en un brillante azul, rojo y amarillo. “Tomá, se lo compré a un pobre tipo en el bus”, me dijo mi vieja. “Y esto que es?” – “La mascota del Mundial de Francia, empieza el mes que viene”.

    A los pocos días esa curiosidad instalada por el pegotín -que ahora decoraba la pared de mi cuarto- comenzó a agrandarse con la llegada a mi casa del álbum de figuritas de la Copa. A medida que abría los primeros paquetes que mis viejos me habían comprado y empezaba a pegar las figuritas en los cuadrados numerados bajo su supervisión, – también obnubilados por el colorido y las fotografías de aquella revista laminada-, empezaron a presentarse ante mis ojos nuevos lugares del mundo: Noruega, Marruecos, Camerún, Japón, Jamaica. Hasta ese entonces, mi planeta no iba mucho más lejos que los límites de mi ciudad.

    Mira, estos no andan muy bien pero son rápidos y fuertes” me contaba mi viejo ayudándome a ajustar la cara del gran Taribo West con su exótico peinado de trenzas verdes, en el cuadradito con su número correspondiente en la doble página de la selección nigeriana. “Uuuuh, Holanda, estos si son buenos” me aseguraba mi vieja pasándome el sticker de un joven y desconocido por aquel entonces Edwin Van Der Sar. 

    “¿Y estos por que no tienen un sticker para ellos solos?” le pregunté a mis viejos cuando salió el calco partido al medio con la cara de Alexis Lalas de un lado y Marcelo Balboa del otro; “porque este equipo no es bueno y tienen que hacer entrar a todos en el álbum, así que a los peores los ponen en una página a cada uno, en vez de dos”. Y así fue que en mi mente de niño, el concepto de los Estados Unidos entró originalmente como “uno de los peores países del mundo”. 

    “¡Acá estamos nosotros!” grité emocionado cuando abrí otro paquete y la primer figurita en aparecer fue la de un semi sonriente y lampiño “Burrito” Ortega. “No nene” dijo mi vieja entre risas “esto es Argentina, nosotros no clasificamos”, “pero como, ¿Uruguay y Argentina, no son el mismo país?”.

    Mira, acá te muestro” – dijo mi viejo bajando del estante más alto de la librería del comedor de casa un atlas viejo y azul, forrado en nylon, y desplegándolo sobre la mesa de mármol, al lado del álbum y los paquetes de figuritas abiertos – “Uruguay está acá, y Argentina es esto grande de acá al lado”-. 

    En ese atlas, un regalo de mi abuelo a mi padre cuando era chico allá por los setenta, el mundo era bastante más grande que el que abarcaba el álbum del Mundial, y bastante distinto al que existía en el 98’: mi padre tuvo un gran problema a la hora de explicarme por que el Alto Volta o Zaire ya no existía bajo ese nombre, o porque Croacia no aparecía en aquel mapa pero sí en el álbum.

    Las siguientes semanas conforme se llenaba mi álbum, se iba llenando también mi cerebro de datos, banderas, capitales y jugadores de fútbol.

    No tomé magnitud de lo importante que era el Mundial hasta que paulatinamente mis compañeritos de clase empezaron a tener figuritas ellos también. Y así fue que en aquel invierno del 98’ no solo me inicié en el mundo del fútbol sino también en el del capitalismo, al aprender que los calcos brillantes valían más que los comunes y había que cambiarlos por dos fotos de equipos o tres y hasta cuatro jugadores, y viendo como nadie quería cambiar las figuritas que tenía todo el mundo (casi siempre jugadores de equipos africanos o asiáticos) pero se peleaban por las difíciles, o por las de los jugadores conocidos como el gordo Ronaldo (sin panza por aquel entonces, y defendiendo al Inter de Milán), De Boer, Zidane o el “Pibe” Valderrama.

    Cuando la pelota comenzó a rodar en Francia a principios de junio con un apretado triunfo de Brasil sobre Escocia gracias a un postrero gol en contra de Thomas Boyd, yo ya había aprendido bastante de geografía, pero casi nada de fútbol. 

    El primer partido que vi casi de principio a fin fue el Yugoslavia-Irán por el grupo F, en Saint Etienne. Fue en la fiesta de cumpleaños de mi amiguito Diego, que se había cambiado de escuela a principio de año, por lo que no conocía a casi ninguno de los otros invitados al evento y encontré en una tele, mal sintonizada y con mucha estática, un buen entretenimiento a prueba de mi timidez. Un solitario gol de Mihajlović decretó el uno a cero final. No sé cómo seguí interesado en el fútbol después de aquel bodrio de partido.

    A falta de Uruguay en la competición, mi yo de seis años se encariñó con Marruecos, posiblemente porque fue la primera figurita brillante que me tocó. La bandera no era particularmente linda… ¡pero brillaba!. 

    Recién llegado de la escuela mientras tomaba la merienda en la casa de mi abuela, la tele mostraba a los brasileños siendo sorprendidos por Noruega que tenía un penal a favor en la hora para dar el batacazo del torneo al momento. “¡Si! ¡Ojalá que lo metan!” exclamé, cuando mi abuela me explicó lo que era un penal. “Mirá que si lo meten, los tuyos quedan afuera” me avisó mi vieja, casi en el mismo instante en que Rekdal ajustaba la pelota contra el palo, lejos del alcance de Taffarel, materializando así mi primera decepción futbolística. 

    Dale Ramiro, vamos a casa” me dijo mi madre mientras cabizbajo me resistía a dejar el asiento “Déjalo hija, ¿no ves que está triste porque marchó su cuadro?” le contestó mi abuela a mi mamá con una sonrisa cómplice.

    Cuando promediaba la fase de grupos y se empezaban a definir los cruces de octavos de final, pasó lo mejor que le podría pasar a un niño de aquella edad en medio de un Mundial: una tremenda gripe me mandó a la cama por más de una semana. A día de hoy no recuerdo otra enfermedad que me haya tenido tanto tiempo fuera de combate, pero si hay un momento ideal para que te tome un virus de esos, es a los seis años, cuando se está disputando la fiesta máxima del fútbol. 

    Así fue que me instalaron la tele a los pies de la cama y mientras mis viejos trabajaban, mi abuela compartía conmigo los primeros partidos de la instancia decisiva del Mundial mientras me daba de tomar caldo caliente y me sonaba los mocos.

    Cada tardecita esperaba ansioso la vuelta de mis padres de trabajar, ya que su arribo venía acompañado con sobres de figuritas para seguir llenando los cuadrados numerados del álbum y engrosar cada vez más la pila de las repetidas que de tan grande que era ya precisaba de una banda elástica para aguantarlas a todas juntas.

    Y fue esa misma pila de repetidas la víctima de mi frustración, siendo reventada contra la pared de mi cuarto cuando los brasileños le dieron vuelta el partido a Dinamarca eliminando a mi segundo favorito del torneo tras la eliminación de Marruecos en fase de grupos. No sé por que me molestó tanto aquello, pero ya dejaba entrever una forma de vivir el fútbol, pasional y extrema, además de una propensión a tomar malas decisiones que me acompaña hasta el presente, al hinchar por Marruecos en primera instancia y por Dinamarca cuando le tocaba jugar con Brasil en la fase mata-mata.

    Me mejoré de la gripe cuando se terminaban los cuartos de final, momento que coincidía con el comienzo de las vacaciones de invierno. De haber sido más grande me habrían acusado de falsear todo para empacharme de fútbol, pero a los seis años fue simplemente buen timing. Y como en casi todos los recesos de invierno, el auto partió rumbo a Paysandú, – tierra natal de mi padre-, con la familia a bordo. 

    ¡Y en Paysandú también se seguía el Mundial! Así que pude ver en la tele de mi tía – bastante más grande y moderna que la que había en casa – al moreno Thuram y su mítico festejo tras el doblete contra la heroica Croacia, arrodillado cerca del banderín del córner, con la mano en la pera y cara de presunta confusión mientras todo el equipo bleu corría abrazarlo y celebrar su pasaje a la final. “Que bien Croacia, estos son buenos se ve” comenté “¡Y hasta hace cuatro años ni existían!” exclamó mi tío haciendo referencia a la reciente independencia de los balcánicos de la Federación de Yugoslavia.

    Y el mundo se siguió agrandando en el norte uruguayo cuando fuimos con mis primos a las maquinitas del shopping y nos tiramos de cabeza a la que ofrecía un juego de fútbol. Además de las treinta y dos selecciones que ya conocía de memoria – junto a sus capitales y banderas – había muchas otras. No recuerdo que juego era pero tenía una gran variedad y mientras me movía de una bandera a otra con la palanca del arcade bombardeando a mi tía a preguntas que apenas atinaba a responder – “¿Y estos quienes son?” – “a ver.. ¿El Salvador? ¿Honduras? Ay no sé” “¿Y estos de acá?” “Ay esa bandera no la conozco… ¿Jamaica?” “No! Jamaica no es” – le contesté seguro, “¿y estos de acá?”- de repente el tiempo se agotó y me eligió automáticamente a Italia. “¡Buen equipo!” dijo mi primo que ya esperaba con Brasil seleccionado “¡No! Yo quería uno raro”. 

    Habíamos planeado el retorno a casa para el domingo de la final ya que el lunes arrancaban de nuevo las clases. La idea era salir temprano para llegar a ver el partido, pero el almuerzo familiar demoró los planes y salimos con un par de horas de retraso. “¿Vamos a llegar en hora, no mamá?” le pregunté desde el asiento de atrás del auto “Eh… si, creo que sí” mintió ella sabiendo que era preferible eso a aguantar mi berrinche durante las cinco horas que demoraba el recorrido. 

    Prendió la radio cuando entrábamos al departamento de Florida y en la periferia de Montevideo el comentarista celebraba el tercer y fulminante gol de Petit en el minuto noventa y tres. “¡Francia campeón del mundo por primera vez! ¡Allez le bleus!”. Me tuve que conformar con ver la repetición en casa mientras desarmábamos las valijas.

    Cada cuatro años espero ansioso la llegada del próximo Mundial, y a veces hasta tengo la suerte de poder hinchar por mi país y pegar sus figuritas en el álbum, pero no hay manera que haya una Copa del Mundo que genere en mí la excitación que generó aquella jugada en Francia en 1998, ni siquiera si termina con Uruguay levantando el trofeo en el último partido. Pero si pasa, ¡no me quejo!.

  • Delitos Tercermundistas

    El Tata

    Las ganas (¿necesidad?) de escribir más. La carencia de un espacio en donde hacerlo públicamente, a mi medida, a mi ritmo. La esperanza de que teniendo el espacio y las ganas, la motivación para escribir aumente, y con ella la cantidad y calidad de las líneas.

    La necesidad biológica e inevitable de dejar algo el día en que uno ya no esté. La búsqueda de más satisfacción afuera del trabajo. La mención a Hunter S. Thompson en un podcast. La noticia de que un amigo -que también escribía- perdió la lucha contra existir en el(tercer) mundo, y se quitó la vida. La necesidad de hacer algo aunque no haya mucho para hacer.

    Así es que hoy, por todo eso y mucho más, empieza a existir Mondo Fantasma.

    Pero sobre todo, por las ganas de escribir.

    Y no se me ocurre otra forma de cerrar este primer post, que con algo escrito por el gran Mauro ‘Tata‘ Daleiro, a modo de tributo y para que sus líneas y sus valores sirvan como piedra fundamental, y marquen los derroteros de este espacio.

    Que en paz descanses, amigo Tata.

    BORRONEADO por Mauro Tejera Daleiro

    Me da vértigo escribir tan rápido y me da culpa la marcha atrás de asesinar ideas que hace segundos parecían buenas y ahora yacen ahogadas, borroneadas en tinta azul en la morgue de la papelera.
    Me da miedo armar algo coherente, que la pegue, se haga grande, me mire, se ría y vuele a manos de un artista de verdad que lo moldee y se lo quede.

    Me da angustia cargar esas historias que nunca voy a animarme a contarte prefiero entreverarte, rimarte endulzarte un cuentito que está a años luz de ser arte pero que a vos te gusta leer aunque ya te diste cuenta que solamente es para tener chance de en tu cama poder acostarme.

    Odio «El Alquimista» de Coelho y todo lo que se le pase por la cabeza a Brian Weiss, sobre todo «Espejos del Tiempo» es un desastre… a Bukowski me lo crucé muy temprano, 14 años tenía, Charles, y vos meta Oporto en un cabarulo de Los Ángeles, hablando de cánceres, cárceles o muertes… te veo en diez años viejo, esperame con un clavel, un vino y dos papeles.

    Me da vértigo escribir tan rápido y me da culpa la marcha atrás de asesinar éstas líneas aunque, admito que ésta vez era consciente que no valía la pena ni gastar tinta evidentemente.